jueves, 21 de noviembre de 2013



¿Habéis imaginado a Dios llorar? (Lc 19, 41-44). Por Iván Muvdi.



Oh, Señor! Soy yo quien te ha hecho llorar…

El Evangelio que referencia la cita bíblica expresada en el título de esta reflexión, y que nos trae la liturgia de hoy, evoca el episodio en el que Cristo, próximo a la ciudad de Jerusalén, llora por ella. En dos ocasiones nos presentan los evangelios a Jesús llorando; uno de los casos es ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11, 21-23. 32-35) y el otro es precisamente el evangelio que se proclama hoy, es decir, al avistar la ciudad de Jerusalén cuando él sube hasta ella para entregar su vida por todos nosotros (Lc 19, 41-44); sin embargo, el llanto no es igual. En la traducción del griego podemos notar que en el caso de Lázaro se trata de un llanto sin sonido. Mientras que al referirnos a Jerusalén, Jesús llora en voz alta. ¿Por qué la diferencia? Obviamente desde mi reflexión personal les compartiré mi percepción sobre este asunto, lo hago a manera de reflexión espiritual para sacar unas líneas provechosas para nuestra alma.

Pienso que en el primer caso, el de la muerte de Lázaro, el llanto expresa el dolor por el amigo, el dolor de un Dios que tiene frente a sí las consecuencias de un pecado que trastocó el plan que desde el inicio Él ha tenido para nosotros. Dios nos creó para ser felices, nos creó para gozar de nuestra existencia, para gozar de Él. Nunca para el dolor, la enfermedad y mucho menos la muerte. Quizás Jesús llora viendo también la antesala de lo que a Él mismo le va a ocurrir. Un sepulcro cuya entrada estaba tapada por una roca… Viendo el dolor de las hermanas de Lázaro y seguramente familiares y amigos allegados, no era difícil imaginar el dolor de la Santísima Virgen María, su Madre; el dolor de sus apóstoles y el impacto que todo esto causaría. Sin embargo, Él es la resurrección y la vida; Él es el vencedor del pecado y de la muerte. Él remediaría toda esta miseria, fragilidad y muerte. Comparte nuestro dolor, llora junto a nosotros, pero con su poder nos librará.

En el segundo caso, Jerusalén y sus habitantes (la Iglesia y la humanidad en general) quiero interpretar su llanto sonoro de  la siguiente manera: Dios lo ha hecho todo, no hay nada que no nos haya dado ya, incluso a su propio Hijo, hasta su última gota de sangre. Compartió nuestra fragilidad física haciéndose uno de nosotros, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. Para ilustrar mejor lo que quiero decir aquí quiero hacer mía una frase de San Agustín: “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios nos ha hecho libres, nos ha dado inteligencia y voluntad y por ende libre albedrío. Pese a todo el esfuerzo de Dios, pese a toda su bondad, su amor y entrega ilimitada, el hombre es libre de darle la espalda y de vivir su existencia lejos de Él trayéndole como consecuencia vivir esta opción de ausencia de Dios por toda la eternidad. Cuánto dolor ver o saber cuántas almas se perderían, o se perderán, porque muchos seres humanos harían o harán mal uso de su libertad y elegirán el mal en vez del bien y creerán ser felices buscando de manera egoísta, desenfrenada e inmoral las riquezas, el poder, el placer, el tener avaricioso, etc. Muchos, sin darnos cuenta construimos una felicidad artificial y qué duro será cuando constatemos que aquello era solo un engaño, un espejismo. Es como decía alguien que reflexionaba sobre el don de la Sabiduría;  cuya palabra viene del latín sapere, que hace referencia al sabor: “gustad y ved qué bueno es el Señor”, por lo tanto es el paladar lo que nos hace distinguir entre aquellos alimentos que son nocivos y aquellos que son saludables, pero si el sentido del gusto se daña qué terrible desgracia para quien así vive. Mientras que, para quien posee un sentido del gusto agudo, sano, caerán frente a sí las imitaciones.
 
¡Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz!


Jesús entra glorioso a Jerusalén, es recibido como Mesías, le gritan ¡hosanna! Que significa salva ya! danos nuestra libertad! Pero tan pronto purifica el templo, las personas que antes le recibían con gusto, ahora lo cuestionan y le piden señales y pruebas de su autoridad. Eso somos, mis queridos hermanos, volubles, temerosos, prestos a creer cuando todo marcha bien, pero invadidos por el terror cuando las cosas salen mal o por lo menos cuando toman un rumbo que no esperábamos.
Si me lo permiten, quisiera alinear esta narración con  algunos episodios que nos narra San Juan en su evangelio. Nos encontramos con algo igualmente interesante y que voy a aprovechar para sacarle mayor provecho a nuestra reflexión.

Juan resalta tres encuentros de Jesús:

·      Con la Samaritana.

·      Con el ciego de nacimiento.

·      Con Lázaro ya en el sepulcro, muerto por una grave enfermedad.

 
En el encuentro con la Samaritana podemos notar tres bases sólidas de la conversación:

1.   La discordia entre samaritanos y judíos.

2.   ¿Dónde debe adorarse a Dios?

3.   La posibilidad de estar frente al Mesías.

Decía Fray Luis de Granada que nada hay más distante que Dios y la creatura; más alta que Dios y nada más bajo que el barro con el cual el hombre fue creado. Más con tanta humildad descendió Dios al barro y con tanta dignidad subió el barro hasta Dios, que todo lo que hizo Dios se diga que lo hizo el barro y todo lo que sufrió el barro se diga que lo padeció Dios.

¿Quién dijera al hombre, cuando tan desnudo y tan enemistado se sintió con Dios, que andaba buscando los rincones del paraíso para esconderse, que tiempo vendría en que se juntase aquella tan baja sustancia en una persona con Él? Y termina el santo diciendo: Lo que una vez por nuestro amor tomó, nunca más lo dejó.

Jesús vino a acabar con todo muro divisorio. El lenguaje de la fe es universal y no es otro que el del amor. Por eso le dice a la samaritana “si conocieras el don de Dios”.

Lo segundo es, refiriéndose a un lugar específico, ¿dónde debe adorarse a Dios? En Jerusalén o en Garizim? Jesús contesta en Espíritu y verdad. No es cuestión de lugares, un verdadero adorador de Dios se sabe templo vivo, se sabe permanentemente en la presencia de Dios y sabe que el culto que le ofrece no es cosa de una celebración sino que debe trascender a toda su vida. Con esto no pretendo descalificar al Templo como lugar privilegiado para el culto y para el encuentro con el Señor, recordemos que en el sagrario se encuentra el Santísimo Sacramento. Tampoco olvidemos que de manera especial en el templo nos congregamos o reunimos como pueblo de Dios. Es el mismo Dios quien nos convoca.

Por último, he encontrado al Mesías, ¿cuál es mi respuesta a Él, a su ofrecimiento de salvación? La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela. ¿Creo o no creo? ¿Lo acojo o lo rechazo? ¿Me iré triste porque tengo “muchas posesiones”?


En el encuentro con el ciego de nacimiento, se nos muestra el dilema del pecado y de los males que nos aquejan: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por su pecado o por el pecado de sus padres?” Los judíos creían que la enfermedad o los males físicos eran castigos que Dios enviaba sobre la persona afectada o por su pecado o por el de sus padres; un Dios castigador, vengativo, en todo caso lejano al Dios que nos muestra Cristo. Se creía en una responsabilidad colectiva tanto en el bien, como en el mal y también una responsabilidad personal. Sin embargo nuevamente nos sorprende la respuesta de Jesús: “ni por su pecado, ni por el pecado de sus padres. Es para que en él se muestre la gloria de Dios. Dicho esto escupió en el suelo y con la saliva hizo lodo y se lo untó en los ojos. Luego le dijo ve a lavarte en el estanque de Siloé (enviado) y mientras iba, sanó”…

El mal moral, el mal natural (desastres naturales), el mal físico; son consecuencias del pecado, del mal uso de nuestra libertad, del mal uso de la naturaleza. “El mal se introdujo al mundo por el pecado” (Ro 5,12). Como dije al principio de este escrito al relatar el llanto de Jesús por su amigo Lázaro; es todo un Dios que comparte nuestro sufrimiento, que lo hace suyo y que lo dignifica atribuyéndole la capacidad de purificar y santificar. El sufrimiento es ahora un camino o medio de santificación cuando lo padecemos sin murmurar y asociándolo a Cristo, a su pasión y muerte. El hecho es que día vendrá en que Dios mismo “secará todas las lágrimas de ellos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo que antes existía ha dejado de existir. El que estaba sentado en el trono dijo: Yo hago nuevas todas las cosas”. (Ap 21, 4-5). También nos dirá San Pablo: “sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de quienes lo aman, a los cuales Él ha llamado de acuerdo con su propósito” (Ro 8,28). Todo esto para concluir que el mal que padecemos no es querido, ni enviado por Dios; pero Él si muestra su gloria en nuestra vida cuando de dichos sufrimientos, por su infinito amor y misericordia, lo orienta para sacar de allí un bien mayor.

 Por último, está el relato de Lázaro: reforzando un poco lo anterior, se nos expone aquí la condición de fragilidad humana que hoy es sobre este mundo y mañana puede haber terminado la existencia mortal. (Tu amigo Lázaro está enfermo y cuando llegó ya tenía cuatro días de muerto).

He querido mencionar estos tres relatos de Juan por lo siguiente:

Todo hombre, en todo tiempo se ha hecho cuestionamientos profundos con relación a su origen, el propósito de su existencia y su destino final. Si se fijan bien, todo ello, toda la preocupación existencial de toda persona se ve claramente reflejada en las tres historias que acabo de comentar.

Las preocupaciones de la Samaritana en el diálogo con Jesús: las discordias y divisiones humanas, ¿cuál religión será mejor? ¿eres tú a quien esperábamos? Vale la pena creerte y depositar mi fe, mi confianza y mi esperanza en ti? El deseo de una vida nueva, la insatisfacción por la forma de vida actual, la sed interior de trascendencia, felicidad y paz. ¿No es todo esto el reflejo de cualquier ser humano?

En el caso de Bartimeo, la ceguera que se traduce en ignorancia existencial; el mundo que se opone y dificulta nuestro encuentro con Cristo; el mal físico, el mal moral, los desastres naturales, ¿Dios nos los envía? ¿Por qué no los evita? No son esas las inquietudes de cualquiera de nosotros. ¿Cuántas veces no he escuchado decir, si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal, por qué lo permite? ¿Por qué no lo evita?

En el caso de Lázaro, la muerte; la consecuencia más grave del pecado y lo que más nos causa sufrimiento.

Es importante ver cómo Jesús durante su ministerio público, asiste a los desvalidos, sana a los enfermos, consuela a los tristes, “resucita a los muertos”; pero más aún carga sobre sí los pecados del mundo, muere en una cruz y resucita al tercer día según las Escrituras.

En los tres casos, JESÚS ES LA RESPUESTA. Jesús es capaz de responder a los cuestionamientos más profundos de todo hombre y en todo tiempo.

Volvamos entonces al relato en comento inicial: “Jesús llora al divisar a Jerusalén”, figura de la Iglesia y de toda la humanidad.

Piensen en esto: Jesús llega como la respuesta, llega ofreciendo la trascendencia y la felicidad que todos conscientes o inconscientemente buscan, llega como respuesta al sufrimiento y a la muerte; llega para darnos el cielo, para adentrarnos en su corazón, para unirnos a la Santísima Trinidad en su persona; pero le ignoran, le rechazan, lo tratan con indiferencia: “Aquel que es la Palabra estaba en el mundo; y, aunque Dios hizo el mundo por medio de Él, los que son del mundo no lo reconocieron.. Vino a su propio mundo pero los suyos no lo recibieron”. (Jn 1, 10-11).

 Esta es la reflexión que he querido compartirles, mis queridos hermanos, somos nosotros la causa del llanto del Señor del universo: “Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz! Pero ahora te está escondido y no puedes verlo”. (Lc 19, 42).

 El no reconocerlo trae consecuencias, no porque Dios nos castigue, sino que cada quien recoge en justicia lo que siembra. Cuando el hombre se siente superior a Dios, cuando cree que está por encima de Él y que no lo necesita imita al Demonio que por soberbia y orgullo perdió su lugar en el cielo. Decía Fray Luis de Granada reflexionando sobre esto escribió: “Quien es imitador de su culpa será compañero de su pena”. Por eso más adelante dirá nuestro Señor en medio de su llanto: “Van a venir para ti días malos, en que tus enemigos harán un muro a tu alrededor, y te rodearán y atacarán por todos lados y te destruirán por completo. Matarán a tus habitantes, y no dejarán en ti ni una piedra sobre otra, porque no reconociste el momento en que Dios vino a visitarte” (Lc 19, 43-44).

Muy amados en el señor, llevando a nuestra propia experiencia este pasaje entendamos que nosotros somos la nueva Jerusalén. De nosotros depende que como esta nueva ciudad nos presentemos arreglados como una novia para su prometido, o por el contrario, le daremos la espalda y haremos parte de aquel grupo que distanciará más al mundo de Dios, “habrá tanta maldad, que la mayoría dejará de tener amor hacia los demás” (Mt 24, 12).



San Agustín decía: “temo al Dios que pasa”. Todos los días viene a nuestro encuentro y tenemos la opción de dejarlo entrar a nuestro corazón y a nuestra vida o de dejarlo tiritar por el frío de nuestra indiferencia: “Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.” (Ap 3,20).

Si nos apartamos de Dios, si nos alejamos de su gracia, de su fuerza para vencer el mal, estamos perdidos. No podremos resistir a los ataques del demonio, el mundo y la carne. Por eso nos dirá el Señor, "tus enemigos harán un muro a tu alrededor"; nuestra persona inclinada a la concupiscencia si no cuenta con la gracia dará rienda suelta al pecado: "En lugar de la verdad de Dios, han buscado la mentira, y han honrado y adorado las cosas creadas por Dios y no a Dios mismo, que las creó y que merece alabanza por siempre. Amén. Por eso, Dios los ha abandonado a pasiones vergonzosas. Hasta sus mujeres han cambiado las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza; de la misma manera, los hombres han dejado sus relaciones naturales con la mujer y arden en malos deseos los uno spor los otros. Hombres con hombres cometen acciones vergonzosas y sufren en su propio cuerpo el castigo merecido por su perversión. Como no quisieron reconocer a Dios, Él los ha abandonado a sus perversos pensamientos para que hagan lo que no deben..." (Ro 1, 25-28). Caso contrario ocurre para quienes hacen del Señor su refugio, la roca que los sostiene, pues aunque temblemos, "Cristo, la Roca" permanece firme e inconmobible: "Y ahora, hermanos, busquen su fuerza en el Señor, en su poder irresistible. Protéjanse con toda la armadura que Dios les ha dado, para que puedan estar firmes contra los engaños del diablo. Porque no estamos luchando contra poderes humanos, sino contra malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea." (Ef 6, 10-12).

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién podré tener miedo? El Señor defiende mi vida, ¿a quién habré de temer?
Aunque un ejército me rodee, mi corazón no tendrá miedo; aunque se preparen para atacarme, yo permaneceré tranquilo... Sal 27 (26).
 

La pregunta es: ¿lo dejaremos se largo? ¿Permaneceremos indiferentes ante su toque a la puerta de nuestro corazón? ¿No reconoceremos el momento de su visita a nuestras vidas?

 




Oh, Señor, qué gran paciencia nos has tenido; con cuanto amor y ternura has esperado por cada uno de nosotros hasta el punto de parecer Tú el necesitado y nosotros los omnipotentes. Te pido perdón por todas las veces en que yo te he dejado en el frío del después, de la duda, de la indiferencia, del poco compromiso cristiano. Por todas las veces que con mi pecado te he cerrado la puerta en la cara y te he impedido entrar como corresponde a mi vida y en mi historia personal. Te he herido tanto que he causado tus lágrimas. Cada una de ellas es como una espina en mi corazón. Mi buen Dios, quita la venda que hay en mis ojos y que me impide verte como la respuesta absoluta a todas mis preocupaciones e inquietudes más profundas. Tú eres la respuesta, al encontrarte a Ti ya no tenemos que buscar a nada, ni a nadie más, Tú no sólo eres capaz de colmarnos, sino de desbordarnos. San Agustín decía dame lo que me pides y pídeme lo que quieras; hoy con él yo te ruego que me permitas ver cuál es el propósito de mi existencia y te ruego me concedas la generosidad y el amor suficiente para responderte como tú lo esperas. Que como la Samaritana yo pueda encontrar en ti la fuente siempre nueva que me colma y me inunda plenamente, que te descubra a Ti como el gran don de Dios y que te conozca; que lleno de tu Espíritu Santo pueda adorarte en Espíritu y verdad y a través de mí puedan mis hermanos encontrarte a ti; que como al ciego de nacimiento en mí pueda manifestarse tu gloria para que ni mis hermanos, ni yo permanezcamos ciegos por las vendas que este mundo coloca sobre nuestros ojos y que como Lázaro pueda descubrirte como la resurrección y la vida, como Aquel que comparte nuestro dolor y como Aquel que tiene el poder para vencerlo todo; todo lo puedo en Ti que me fortaleces. Perdóname por ser el motivo de tus lágrimas, concédeme que viva de tal manera mi existencia que yo pueda ser una extensión de tus manos providentes, de tu consuelo, amor y misericordia para mis hermanos. Amén.
 




miércoles, 20 de noviembre de 2013



LA PURIFICACIÓN DEL TEMPLO (Lc 19, 45-48)
somos Templos vivos de Dios Por: Iván Muvdi.

 
 
Quiero que juntos reflexionemos sobre la belleza que implica la pureza del Templo.
En principio es importante recordar que en la antigüedad era una necesidad hacer representaciones de las deidades y que en la experiencia incipiente se creía que podía reducirse la presencia de la divinidad a un sitio específico. En primer lugar cuando Israel vive fuertemente la experiencia de Dios el interlocutor es Moisés; prácticamente Israel se limitaba a escuchar lo que Moisés les indicaba en nombre de Dios aunque no podemos olvidar que sus palabras eran confirmadas con los signos y fenómenos como el fuego, la nube luminosa, el rostro resplandeciente, etc.

Más tarde, cuando ya el pueblo de Israel estaba en posesión de la tierra prometida a Abraham y sus descendientes, Dios permitió que el Rey Salomón le edificara un templo en Jerusalén, “la Ciudad de Dios”, signo de su presencia en medio de su pueblo. Todos creían que Dios, “Yahwéh”, habitaba físicamente en él.

La palabra “templo” deriva del latín templum, que significa un lugar descubierto que permite una visión de la región circundante. En un sentido más estricto significa un lugar sagrado para la Divinidad, un santuario.

En tiempos de Jesús, el Templo, además de lo que representaba a nivel religioso, pasó a ser el centro más importante a nivel social, político y económico lo que quizás le empezó a restar sacralidad. En sus atrios se concentraba gran parte del comercio y ello se prestó para convertir negocios legítimos en fuente de fraudes y abusos y todo esto se presentaba en el contexto del templo. El ruido propio de las relaciones comerciales quizás, incluso, perturbaba a quienes realmente iban al templo a vivir una experiencia de encuentro íntimo y cercano con Dios.

Cuando hablamos de la purificación del templo, nos referimos a la intención de Jesús de devolverle su verdadero rostro, desfigurado por el oportunismo comercial y otros factores.

·      Jesús presenta al Templo como el lugar privilegiado para el encuentro con Dios.

·      Es la casa de su Padre.

·      Es casa de oración.

·      Jesús se presenta como el nuevo y definitivo Templo, la morada entre Dios y los hombres. Por esto, cuando le piden una señal sobre su autoridad, Él haciendo referencia a sí mismo dirá: “derriben este templo y en tres días lo reconstruiré”. (Con esto evidenciaba su próxima pascua).

·      Quien está unido a Cristo, se convierte en Templo Vivo de Dios porque Dios habita en él.
 
 
Es hermoso ver cómo de manera solemne Jesús entra en el Templo de Jerusalén y lo Purifica, podemos ver allí, a manera de signo, nuestra propia purificación obrada por Cristo a través de su pascua que se realizó en nosotros el día en que fuimos bautizados. Ese día, por los méritos de Jesús fuimos sepultados con Él, para morir al pecado y también participamos de su resurrección para vivir con Él y para Él. Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra
y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. (Ez36, 24-28).
Precisamente, esta reflexión se renueva en nosotros cada Domingo de Ramos, día en que la liturgia actualiza la entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén, pero de manera especial, se nos invita abrir nuestro corazón para que Él sea entronizado en nuestra vida y sea verdaderamente nuestro Rey y Señor. Él es el nuevo templo, pero también en Él, nosotros hemos sido convertidos en templos vivos y como tales debemos guardar fielmente su presencia manteniéndonos, mediante el esfuerzo y la asistencia sacramental, en gracia de Dios.
Con dolor tenemos que constatar que también nosotros hoy, como templos, permitimos muchas veces que en los atrios de nuestra cotidianidad se profane el templo de Dios con la mentira, la vulgaridad, la injusticia, las ofensas al otro, la falta de tolerancia, nuestro asentimiento a conductas  y costumbres sociales que sabemos contrarias a la Ley de Dios y que hemos aceptado por la permisividad social, o peor aún, porque dichas costumbres lesivas al bien moral se presentan como buenas al ser calificadas como “legales” llegando las personas a interpretar que todo lo que es legal, es moral. Cuántas veces hemos imitado en su actitud al fariseo que mientras ora desprecia al publicano que ora junto a él; cuántas críticas…
Es hora de permitir que sea realmente el Señor quien habite y se manifieste en nosotros y no el hombre viejo, corrompido, que no sabe ni de amor, ni de perdón, ni de tolerancia, ni de justicia, que sólo piensa en sí y nunca en el otro, especialmente en el que sufre. Nunca olvidemos el pensar de los santos: “Al atardecer de tu vida te juzgarán sobre el amor” y por eso dirá San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
 
Lo importante, más allá de nuestras caídas, es que Dios en su infinito amor, con cada día que nos regala, nos da la oportunidad de empezar de nuevo. Quizás en un mundo cada vez más materialista, más desconfiado del otro, más impersonal incluso en la forma de relacionarnos con los demás, un mundo cada vez más erotizado, hedonista, etc; nos sea cada vez más difícil vivir en fidelidad a Dios y a nuestro compromiso como cristianos. Sin embargo, todo esto en vez de desmotivarnos debe impulsarnos al percatarnos de la gran necesidad que tiene este mundo de Dios y de su amor hasta el punto de estar gravemente enfermo.
Quiero que analicemos esto y pensemos si aún, en Dios, tenemos esperanza:
Confiesa dignamente al Señor y bendice al Rey de los siglos,
para que de nuevo sea en ti edificado su tabernáculo con alegría, para que alegre en ti a los cautivos y muestre en ti su amor hacia los desdichados, por todas las generaciones y generaciones.
Brillarás cual luz de lámpara y todos los confines de la tierra vendrán a ti.
Pueblos numerosos vendrán de lejos al nombre del Señor, nuestro Dios, trayendo ofrendas en sus manos, ofrendas para el rey del cielo.
Bendice, alma mía, a Dios, rey grande, porque Jerusalén con zafiros y esmeraldas será reedificada, con piedras preciosas sus muros y con oro puro sus torres y sus almenas. (Tb 13, 10-19).
 
Tú y yo, mis queridos hermanos, somos Jerusalén. Si nos disponemos, si abrimos a Dios el corazón, Él responderá de tal forma que no nos alcanzarán los días para agradecerle, para alabarlo, glorificarlo y bendecirlo por tanto bien. Si mis pecados me han desfigurado, solo basta abrirme a su gracia y exclamar con el salmista: “Purifícame con hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Aleja de tu vista mis pecados y borra todas mis maldades”. (Sal 51 (50)).
 
Oh, Señor! Cuánto deseo que en mí se cumpla lo que expresa San Pablo en su Carta a los Romanos: “Muestran por su conducta que llevan la Ley escrita en el corazón”. (Ro 2, 15).
Ahora bien, en este templo nuevo que somos cada uno de nosotros, debe ofrecerse un culto de adoración; el mismo San Pablo nos muestra el sentido de dicho culto: “Hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios, que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer. No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que es grato, lo que es perfecto”. (Ro 12, 1-2).
Mis queridos hermanos en la fe, cuán distinto sería este mundo si cada uno de nosotros viviera convencido de que es templo vivo; cuánta violencia, insultos, malos tratos, injusticias, etc, se evitarían si al mirar al otro vemos la presencia de Dios como en la zarza frente a Moisés y escucháramos la voz del mismo Dios que nos pide “descálzate, porque el lugar en que pisas es sagrado”, porque allí, en tu hermano, estoy Yo!
¿Cuándo dejaremos atrás tanta violencia, tanta indiferencia, cuándo dejaremos de ser jueces y verdugos de nuestros hermanos, cuándo pondremos un centinela a nuestra lengua a la hora de hablar, juzgar y condenar a los demás?
“En todo esto tengan en cuenta el tiempo en que vivimos y sepan que ya es hora de despertar del sueño. Porque nuestra salvación está más cerca ahora que al principio, cuando creímos en el mensaje. La noche está muy avanzada y se acerca el día; por eso, dejemos de hacer las cosas propias de la oscuridad y revistámonos de luz, como un soldado se reviste de su armadura. Actuemos con decencia, como en pleno día. Revístanse ustedes del Señor Jesucristo y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana. (Ro 13, 11-14).

 

Oh, Señor nuestro! Estando el hombre tan caído ante tus ojos y en tanta desgracia lejos de Ti, tuviste por bien de mirar, no a la injuria a tu bondad soberana, sino a la desventura de nuestra miseria; y teniendo más lástima de nuestra culpa que ira por tu deshonra, determinaste remediar al hombre por medio de tu Unigénito hijo, y reconciliarle contigo. Perdona nuestra cerviz dura, perdona la dureza de nuestro corazón, perdona nuestro temor a la hora de entregarnos a Ti; tan fácil nos damos a otras cosas y qué difícil es darnos totalmente a Ti y hacer que ello se note en nuestra forma de vida, de hablar y de pensar. Nos hayamos adormecidos frente a tanta maldad, injusticia y pecado general. Frente a nuestros ojos vemos realizados tantos anuncios; llamarán bueno a lo malo y malo a lo bueno y permanecemos muchas veces inmutables evadiendo nuestro compromiso cristiano. Concédenos tu fuerza, fortalece nuestras convicciones y nuestra voluntad; danos plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler y también para construir y plantar. Oh Señor nuestro, toca mis labios impuros con las brazas de tu amor encendido para que pueda en tu nombre convencer, conmover, deleitar y cautivar a quienes hable en tu nombre; quita mi maldad, borra mi pecado.

Aquí estoy, Señor; envíame a mí. Colócame frente a tu pueblo como ciudad fortificada, como columna de hierro, como muralla de bronce, para vencer cualquier obstáculo que impida el triunfo de tu gracia; que ningún enemigo del alma o del cuerpo pueda vencerme pues Tú estarás conmigo para protegerme.

Mi gran Señor, por tu infinito amor, te suplico, concédeme lo que me pides y pídeme lo que quieras. Amén.


“LA FIDELIDAD A DIOS”   (Por Iván Muvdi).



Hace algún tiempo me encontré con una definición de fidelidad que nunca más olvidé: “La fidelidad es no traicionar en la oscuridad lo que se dice a plena luz del día”. Yo no creo que exista un cristiano que no pretenda serle fiel a Dios, a su mensaje, a sus mandatos, a la Alianza que ha hecho con nosotros; sin embargo, pese a la buena voluntad, ¿qué difícil es?; qué difícil es creerle con convicción y sin dudas cuando se atraviesa por momentos difíciles, ¿qué difícil es? cuando ni siquiera se entiende el por qué Dios permite ciertas situaciones. Sin embargo, nuestros pies tambalean en este propósito cuando perdemos la confianza en Él y sobre todo cuando olvidamos su amor ilimitado por nosotros.



La Palabra de Dios hoy nos trae el texto de 2 M 7, 20-31 en el que una madre y sus 7 hijos son torturados y martirizados por negarse a comer alimentos impuros. El Rey Antíoco les puso a escoger entre hacer su voluntad y vivir, o ser fieles a sus tradiciones religiosas y a Dios y morir desmembrados y quemados en el fuego.

Hay varias cosas resaltables en esta historia, en primer lugar, la madre que pese a su instinto conservador y protector de sus hijos los animaba a no desfallecer y a mantener su fidelidad a Dios pese a lo tormentoso de aquella situación. ¿Cuánta falta hace en estos tiempos contar con madres y padres de familia que transmitan con su ejemplo y palabras el impulso y el deseo de tantos jóvenes que se pierden de llevar la fidelidad a Dios hasta el heroísmo de no darle importancia a la presión social, a la burla, a los cuestionamientos e incluso a la muerte por Cristo. Hoy se necesitan más que nunca los mártires de testimonio, aquellos que heroicamente están dispuestos a resistir los ataques y las burlas, dispuestos a no ceder frente a la presión social, los estereotipos y la moda que nos impone la sociedad, darle la espalda a las seducciones licenciosas de este mundo con la convicción de que es pasajero y Dios es eterno.

En la actitud de Antíoco podemos descubrir cómo se comporta el mundo y la sociedad de hoy: con tal de que el último hijo de la madre que he resaltado en este escrito, que ya había visto morir a sus seis hermanos y que por ende los nervios y el miedo ante aquel horror debieron ser más fuertes, el rey le ofreció riquezas, le ofreció felicidad, altos cargos y su amistad. Así es este mundo te ofrece bajo la apariencia de la libertad la felicidad en la promiscuidad sexual, en la droga, en el abuso del alcohol, en el desafío a la autoridad y al orden establecido, riquezas sin esfuerzo, comodidad y evasión de la responsabilidad envueltas en situaciones como el aborto, la eutanasia. Hoy ya nada es pecado, las tradiciones religiosas que hemos recibido no tienen valor, se cuestionan, se presentan como inventos puramente humanos para desacreditarlas y hacer más fácil el hecho de negar a Dios o de simplemente vivir de espaldas a Él.

Pero qué importante es también el ejemplo que dieron a esta última víctima sus hermanos mayores. Cuán importante es que los que hoy tienen la responsabilidad de ser hermanos mayores procuren el buen ejemplo a quienes desde muy cerca les miran atentos para imitarlos.

El Salmo que expresa la oración del creyente frente a la verdad que se proclama en la primera lectura nos muestra al Rey David que desde lo profundo de su corazón ora a Dios con la certeza de que Dios le escucha y le responde. Dios permanece fiel a pesar de nuestra infidelidad. Pero a pesar de nuestra condición de fragilidad debemos dar el gran paso de empeñar todo nuestro esfuerzo por vivir entregados a Él desde una auténtica fidelidad; es decir, con coherencia entre fe y vida, dándole a Él el primer lugar en nuestra vida y en nuestra historia personal; permitiendo que el Credo más hermoso florezca desde nuestros labios cuando estemos en el momento de la prueba. El Evangelio que acompaña a esta primera lectura trata sobre la Parábola de los Talentos, refuerza el hecho mismo de la fidelidad de Dios, pero también a Dios. Dios premia el esfuerzo con su bendición, Pero espera que los talentos que hemos recibido y que Él nos ha dado para la edificación de su Iglesia los pongamos al servicio de los demás para que puedan cumplir con su propósito y no esconderlos hasta el punto de hacerlos improductivos y terminar perdiéndolos.



OH, Señor! Tú que conoces mi corazón, que sabes lo que anhelo serte fiel, vivir de Ti y para Ti; perdona mi inconstancia, mi vacilación, mi tibieza, mis dudas cuando estoy en medio de la prueba. Fortalece mi voluntad para que Tú seas siempre mi elección, anima mi esperanza y concédeme una confianza tal en tu amor por mí, que pueda dejarme llevar por Ti aún caminando sobre el mar. Que mi mirada se mantenga en ti y no en la violencia de las olas y del viento, que mi fe me mantenga siempre en la convicción de que cuando Tú lo quieras darás la orden para que la tempestad se calme. Concédeme la gracia de vivir mi existencia como un candil, ardiendo de amor por Ti hasta ser completamente consumido y así tener la alegría de darte todo de mí en la medida de mi capacidad supliendo tu amor y misericordia omnipotente mis falencias personales.

Tuyo soy Señor, y tuyo quiero ser!

martes, 19 de noviembre de 2013



 
Mirando a Cristo encontramos sentido al sufrimiento, con Él pasa de ser una consecuencia de nuestro pecado a un medio de purificación y santificación:










lunes, 18 de noviembre de 2013





“ORAR: UN ENCUENTRO DE AMOR CON AQUEL QUE SABEMOS QUE NOS AMA”. (por Iván Muvdi).



Hace algún tiempo, en un grupo de oración de mi ciudad me pidieron que dirigiera una reflexión, una predicación o mensaje que llevara por tema: “La oración efectiva”. Yo acepté tal invitación pero el título de la reflexión que me pedían no me convencía mucho ya que, como leemos en San Pablo a los Romanos 8, 26 - 27: “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios que examina los corazones, sabe qué es lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los del pueblo santo”.

Humanamente hablando, podemos pensar que si queremos que nuestra oración sea “efectiva” debemos esforzarnos por renunciar a las distracción, por ser humildes imitando al publicano en el templo, por ser agradecidos, por no reducirla a simples peticiones, por no reducirla a algo mecánico, etc. Sin embargo mi convicción me lleva a pensar que lo que hace que nuestra oración “sea efectiva” sea “aceptada por Dios” se debe al infinito amor con el que Dios nos ama personalmente, porque Él mismo suple con su amor y misericordia nuestras limitaciones, porque Cristo ora con nosotros y por nosotros y porque el Espíritu viene en nuestro auxilio y ruega por nosotros conforme a la voluntad de Dios. Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene sencillamente porque nos cuesta mucho ver las cosas desde el final. La mayoría de las veces ni siquiera entendemos muchas de las cosas que nos suceden, por eso, Dios quien vive en un permanente presente y que conoce el gran bien que sabrá sacar de nuestras condiciones adversas, a través de su Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad.

Conforme a todo esto que he venido resaltando, en esta oportunidad más que tratar de reflexionar sobre lo que pueda hacer que nuestra oración sea efectiva, trataré más bien de contemplar este hermoso medio de santificación y de comunión con Dios. Santa Teresa hablaba de que es una conversación de amor, de allí el título que le coloqué a esta predicación que anuncié hace algún tiempo.

Siempre ha llamado mi atención un texto que se ubica en el libro del Éxodo 17, 1-16, donde se muestra a un Moisés en oración mientras el pueblo de Israel se encuentra en combate contra una nación agresora. Llamó mucho mi atención el hecho de que mientras Moisés oraba, lo hacía elevando los brazos en dirección al cielo. Mientras sus brazos permanecían arriba, el pueblo vencía en batalla; pero cuando los bajaba “producto del cansancio” Israel era dominado por el enemigo. Creo que es un ejemplo muy claro. La oración es un combate y si bajamos los brazos, si nos dejamos ganar por el desánimo, por la tristeza, por las adversidades, perderemos la batalla. Es la constancia, la perseverancia en la oración lo que nos permitirá recostar nuestra cabeza junto al pecho de Jesús, como lo hizo San Juan en la última cena, para que su latir y el nuestro sea una única oración que conjuntamente se eleva como el incienso ante los ojos del Padre. Otro texto que considero apoya mucho lo que hemos venido reflexionando es el encuentro de Jacob con un ángel con el cual “lucha toda la noche”; y Jacob le decía: “no te soltaré hasta que me hayas bendecido” y es esto precisamente lo que debemos hacer nosotros, no soltarnos de la mano de Dios hasta que hayamos vencido; de lo contrario podría pasarnos como a Pedro cuando pidió al Señor que le permitiera ir hasta Él caminando sobre las aguas embravecidas; una vez que quitó su mirada de Jesús y la fijó en la violencia del viento y de las olas, se hundió. Como somos muy frágiles, creo que es importante volver sobre el texto de Moisés. Dos personas ayudaron a Moisés sosteniéndole los brazos para que pudiera mantenerlos en alto y así poder lograr la victoria. Debemos apoyarnos los unos a los otros para poder perseverar juntos. Además, podemos pensar que sacramentos como la Eucaristía y la Confesión nos ayudarán a mantener nuestros brazos en dirección al cielo.
 
 
La oración está en crisis…
 
“Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los constructores” (Sal 127, 1).
 
En un mundo en el que a las personas se les mide por lo que tienen y no por lo que son, donde todo gira en función o en términos de productividad, NO HAY TIEMPO PARA DIOS, o en otros casos, llevados por el afán del esnobismo, supuestos gurús de la oración, supuestos maestros que poseen el conocimiento y por ende enseñan las técnicas infalibles para hacer una buena oración se presentan como los “maestros de la misma” y la enseñan como técnica de relajación, como un encuentro personal con mi yo interior y no con Dios; o en otros casos como un encuentro con el Cosmos en el cual se busca canalizar las energías. Esto ciertamente no es la oración cristiana. Recuerdo ahora que escribo esto que alguna vez vino a mi ciudad alguien que se anunciaba como quien venía a enseñar a las personas a hablar en lenguas. Qué curioso, hasta donde sé (y estoy seguro de ello) los dones del Espíritu Santo no se enseñan, Él mismo los da a quien quiere y cuando quiere y todos ellos son para la edificación de la Iglesia.
 
Esta crisis de la oración podríamos decir que pasa por tres categorías de condicionamientos:
 
Elementos socio - culturales:
·       La secularización, que es pasar de lo religioso a lo no religioso.
·       El secularismo, que se traduce como un pensamiento y un proceder que no tiene en cuenta el aspecto religioso.
·       El pluralismo religioso.
·       Pérdida del sentido de la vida. (Muchos viven sin propósitos).
·       El culto a la técnica. (se es esclavo de la tecnología hasta el punto de alejarnos de los demás y de despersonalizar las relaciones humanas.
·       El consumismo materialista.
·       El hedonismo.
 
Todos estos elementos impiden una atención profunda a los valores del Espíritu y entre ellos obviamente se encuentra la oración.
 
Elementos ambientales – personales:
 Es todo aquello que condiciona nuestra forma de ver la oración:
 
·       Métodos.
·       Fórmulas.
·       Formas.
·       Utilitarismo en la oración. (Dios es un dispensador de bienes económicos, un Dios bombero al que sólo busco a la hora de tener problemas, etc; un Dios con el que negocio o comercio, etc).
·       Lo mágico en la oración.}
·       Prácticas sin compromiso.
 
Elementos religiosos:
 Está aquí el problema de fondo; se ha perdido “el sentido de Dios”, ya no se cree en Él, ya no se habla de Él y lamentablemente, en muchos casos, se cree y se habla de un Dios que el hombre mismo ha hecho a su imagen y semejanza y no se trata de Aquel que se ha revelado a lo largo de nuestra historia.
Esto trae como consecuencia:
·       Debilitamiento de lo ascético.
·       Se dificultan las condiciones para una verdadera oración.
·       Imposibilidad de superar “los ruidos” que nos distraen.


La conversión hacia la oración:

 

“Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes”. (Is 7,9).

 “Cuando a lo alto se les llama, ni uno hay que se levante”. (Os 11,7).

 
·       Superación de los condicionamientos: con esto lo que hacemos es que, de esclavos de una situación, pasamos a ser dueños. Lo podemos hacer a través de dos caminos, a saber:

a)   Recuperación de los valores auténticos y

b)   Asumir al Cristo que nos presenta el Evangelio como “Maestro único” de oración.

 
·       Conversión de actos concretos: para lograr esto debemos:

a)   Superar el complejo de la secularización y del ateísmo reinante mediante un humilde y confiado reacercamiento al Misterio, conscientes de que es el Hijo quien revela ese misterio.

b)   Superar la desconfianza: Dios es el mejor de los Padres: “aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo jamás te abandonaré”.

c)   Superar el sentido mágico de la oración y la dicotomía entre oración y vida.

d)  Superar “los ruidos” a través del silencio interior y exterior, la reflexión, la contemplación y la autodisciplina. “Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes.” (Stg 4,8).

e)   Recuperar el sentido de la gratuidad.

f)   Superar la aridez: “te busco para encontrarte y te encuentro para buscarte de nuevo”. (San Ag).

g)   Superar la rutinización.

h)  Superar el sentimentalismo que no cambia la vida y se disipa en la primera adversidad. LOS MÁRTIRES CREÍAN SUFRIENDO.





Jesús, modelo de oración:

 
“Yo debo estar en las cosas de mi Padre”. (Lc 2,49).
“Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”. (Jn 4,34).
"Que no se haga mi voluntad, sino la tuya". (Mt 26,39).

Ocasiones: Jesús siempre dedicó largo tiempo a la oración. En cada situación relevante hizo largas jornadas de oración.
Al igual que Él, cada situación de nuestra existencia debe convertirse en ocasión propicia para la oración.

1 Pe 4,7: “dedíquense seriamente a la oración”.
Ef 6,18: “no dejen ustedes de orar”.

Lugares: el templo, el desierto, la montaña.

Posturas: de rodillas, rostro en tierra, se apartó de ellos, repitiendo las mismas palabras.

 Los discípulos: Testigos de la Oración de Cristo.

 Jesús como buen judío:
·       Bendecía a Dios antes y después de cada comida.
·       Observaba el culto sabático.
·       Oraba junto a la comunidad.
 
Su oración personal:
 
·       Era diversa a la que se hacía comúnmente.
·       Proyectaba algo inédito.

Jesús hablaba como quien tiene autoridad y esto causó impacto entre los judíos.
Jesús también impactó a la comunidad de discípulos:

“Maestro, enséñanos a orar”…. Es un don que debemos pedir todos los días.

·       Lc 11, 1-4: Padre Nuestro…
·       Mt 6, 5-13: Las tres prácticas de piedad. (Oración, ayuno y limosna), pero cuando describe la oración, Jesús nos da las siguientes claves de la oración:
 
Entra en tu cuarto: esta exhortación del Señor no es otra cosa que la disposición interior de quien ora. Cuando la escritura habla del lugar de la oración, más de mil veces referencia al corazón como el lugar desde donde brota la oración.

·       El corazón es el lugar donde yo estoy, o donde yo habito.
·       Es nuestro centro escondido.
·       Sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo.
·       Es el lugar de la decisión en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas.
·       Es el lugar de la verdad.
·       Es el lugar del encuentro, “la Tienda del Encuentro” donde se habla cara a cara con Dios y donde su gloria brilla en nuestro rostro.

 Cierra la puerta: referencia el silencio interior y exterior que sirve de antesala a la voz de Dios. Muchas veces nos tocará recurrir a la llamada “violencia espiritual”, es decir, perseverar fuertemente aún en aquellos momentos donde nuestra alma se siente en sequía e incapaz de elevar ni siquiera una oración. Todos pasaremos muchas veces por “la noche oscura del alma” como le llamó San Juan de la Cruz. Este mismo esfuerzo debemos emplearlo en nuestra lucha por superar los “ruidos”, es decir, la rutina, la dispersión, la autosuficiencia, la pereza, etc.

 Ora en secreto: es decir, que no debemos simular hacer oración para aparentar frente a los demás una devoción, una vida en el Señor, una existencia vivida desde un corazón orante. La oración es una expresión de amor, es una necesidad cuando se vive de Dios. Hay que recalcar que la oración no puede ser solamente personal. No podemos descuidar la oración familiar y eclesial.
 

La Oración Cristiana:

 

A)  ¿Qué es?

viviente y personal con Dios vivo y verdadero. (Catecismo).

-Es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. (Samaritana).

-Es nuestra comunión consciente, personal, con Dios nuestro Padre, en Cristo Jesús, mediante la acción del Espíritu Santo.

"Así como la respiración asegura el bienestar y la vida del cuerpo. La oración es la respiración del alma porque asegura el bienestar y la vida del alma".

 

B)   ¿Qué denuncia Jesús en la oración?
4 "El Fariseo y el Publicano en el Templo". Dios no es el punto de referencia de su diálogo, sino que se afirma a sí mismo.

·       Ostentación pública de la oración: para hacerse ver; la religión como instrumento de poder.

·       Oración mecánica y mágica: no se tiene consciencia de lo que se dice; se hace por interés y no por amor; se cosifica a Dios como surtidor de mercancías.

·       Oración alienante: se queda en palabras y no lleva a la acción.

·       Oración comercializada y opresiva: se convierte al Templo en lugar de lucro y se finge devoción para aprovecharse de los bienes de la gente indefensa o necesitada.

·       Oración demitizada: se reserva solo para momentos extraordinarios y se basa en narcisismo espiritual, hipocresía, palabrería, se mistifica la sensibilidad o la sensiblería.

 

C)   ¿Qué es lo inédito de la oración de Jesús?e Jesús, lo nuevo, radica en su trato personal a Dios como Padre, como Amor. El Padre que está en el cielo y el amor con que nos ama.

En el A.T. se llama a Dios, Padre, 11 veces.

En el N.T. Jesús llama a Dios, Padre, 170 veces. Nunca lo invocó de otra manera.

ABBA, es la clave! Es el fundamento de nuestra oración. Podemos esperar de Dios todo lo que un hijo espera de su padre.

 

Abba, corresponde al balbuceo con que los niños pequeños se dirigen a sus padres para expresarles ternura, obediencia y confianza. (Papito, papaíto).

Ningún judío adulto se hubiera atrevido a utilizarlo en sus oraciones.

 

El orar de Jesús es la conversación amorosa entre el Hijo y su Padre.

Cuando Jesús hace distinción entre “mi Padre” y “vuestro Padre” se nos revelan dos cosas fundamentales:

·       Dios como Padre de un Hijo único: Jesús es el unigénito, consubstancial al Padre.

·       Los hombres son hijos en la medida en que participan de la relación única que media entre Jesús y su Padre.

 

D)  Condiciones que debemos esforzarnos por cumplir a la hora de orar:

 
·       Debe brotar del corazón, más que de los labios.

·       Debe ser humilde.

·       No debe servir de vanagloria ante los hombres.

·       Debe fundarse en la confianza en la bondad del Padre.

·       Debe ser insistente hasta la importunidad.

·       Debe hacerse con fe.

·       Debe hacerse en nombre de Jesús. (Debemos orar como lo hace la Iglesia, es decir, al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo o bajo su unción).

·       Debe pedir cosas buenas. (Ojalá sea lo último que hagamos. Yo sugiero que primero se dé gracias por lo que ya tenemos, demos gloria y alabanza a Dios antes que solo confiarle nuestras necesidades

·       Debe tener en cuenta pedir el advenimiento del Reino de Dios y la preservación en la prueba escatológica.

·       Debe ser vigilante.

·       Recibe con gusto la compañía del ayuno.

·       Alcanza su perfección en la oración litúrgica de la Iglesia.

·       No es sólo un medio para pedir favores, sino que es una actitud para descubrir el proyecto de Dios para nosotros.

 

E)  Contenido de la oración cristiana:

 
·       El Reino de Dios.

·       La voluntad de Dios.

·       La conversión de los pecadores.

·       El prójimo, especialmente los que sufren las consecuencias de la injusticia, el mal moral, etc.

 
F)   Fuentes de la oración:

 

·       El Espíritu Santo: Crea el vínculo que nos une a Dios: “filiación”. (Ro 8, 14-16). Él ora en nosotros asistiéndonos y viniendo en auxilio de nuestra debilidad. (Ro 8,26). A través del don de la piedad, nos hace sentir gusto por la oración.

·       Orar en y ante la Eucaristía: “por Cristo, con Él y en Él”; desde el tabernáculo Cristo es Maestro e interlocutor.

·       Escucha y lectura de la Palabra de Dios: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios es una alimento esencial para nuestra alma, nos pone en sintonía con Dios y orienta nuestros pensamientos y deseos y por ende nuestra oración. (Atención, audición, interiorización, asimilación, actualización en mi contexto personal y eclesial, testimonio.

·       Las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

·       La experiencia de Dios: consiste en la intimidad profunda, amorosa y misteriosa con el Dios vivo, sabernos en sus manos. Es la capacidad que nos da el Espíritu Santo de ver a Dios en el corazón de los hombres, del mundo, y del acontecer diario; de sentirlo Padre y contemplarlo en los demás, en la naturaleza y en la historia. Esta experiencia se da en lo cotidiano, en Jesús como el lugar privilegiado, en el prójimo, en la cruz y gloria de cada día.



Dos ejemplos bíblicos importantes:



Abraham:

·       Hombre de profunda oración en silencio.

·       Está dispuesto a acoger en su tienda al huésped misterioso.

·       El corazón de Abraham se pone en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres e intercede por ellos.

·       Confianza absoluta, “Dios proveerá”.

 

María:


·       Guardaba todo en su corazón.

·       He aquí la esclava del Señor.

·       No tienen vino.

·       Hágase en mí según tu Palabra.