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jueves, 12 de diciembre de 2013


“No Temas, Yo mismo te auxilio”. Por Iván Muvdi.

Liturgia del jueves 12 de diciembre de 2013.


Lectura del libro de Isaías (41,13-20):

Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio.» No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor–. Tu redentor es el Santo de Israel. Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel. Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos. Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.

Palabra de Dios.

 
 
Salmo Responsorial
Sal 144,1.9.10-11.12-13ab

R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad


Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que té bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas; R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.
 
 
Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,11-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche.»

Palabra del Señor.
 
Reflexión:

 
Muy amados en el Señor, qué palabras tan hermosas nos dirige Dios hoy a través de su profeta. Por eso he querido utilizarlas para titular esta reflexión y para tomarla como la base de la meditación que ahora quiero compartirles. Si han leído mis escritos anteriores, ya saben cuál es la situación del pueblo al que Isaías dirige su mensaje. El profeta tiene tres preocupaciones que se exponen a lo largo de su obra:

·      Apologética: Dios es uno, es el Señor. (Los demás son dioses falsos producto de la invención humana).

·      Teológica: El Siervo de Dios vendrá a cargar con nuestros pecados y dolencias y nos redimirá.

·      Escatológica: Israel vive un nuevo éxodo, se dirige hacia una gran bendición.

El texto de hoy, que se ubica dentro del capítulo 41, pertenece a este último eje de reflexión. El Señor se muestra cercano y Él mismo consuela a su pueblo y lo llena de esperanza tomándolo de  la mano, diciéndole al oído que Él mismo le auxiliará y que por ende todas las realidades adversas que le rodean las cambiará de tal forma que lo que antes fue desolación, se convertirá en un paraíso.

En la experiencia dolorosa que ahora vive Israel, los dioses del exilio presentan una lucha entre el bien y el mal sin saber cómo terminará esta.  Isaías muestra a Israel que el éxodo no es un acontecimiento simplemente histórico, sino permanente y que con Dios se llegará a la “tierra de promisión” y éste será el final de la lucha y el sentido de la misma. Podemos estar tranquilos y confiados porque hay Alguien que sabe lo que hace, que sabe hacia dónde nos conduce.

Seguramente todos alguna vez hemos permanecido despiertos hasta altas horas de la madrugada. Sabemos que hay un momento en que la noche es más oscura; sin embargo cuando más oscura es, es cuando más pronto está por amanecer. Así puede pasarnos con nuestras experiencias, podemos atravesar situaciones tan dolorosas y desconcertantes que miramos nuestro cielo y lo vemos todo impresionantemente oscuro, dichas situaciones pueden hacernos olvidar de que el cielo es azul y no negro. Al amanecer, al brillar los primeros rayos del sol, huye la oscuridad para dar paso al astro rey. Por eso el salmista canta: “levanto mis ojos a los montes” como buscando en medio de la oscuridad el auxilio que necesita. Se pregunta: ¿de dónde vendrá mi auxilio? Y pronto el milagro, detrás de esas montañas amenazadoras aparece la luz que lo llena todo y al verlo todo claro desaparecen los temores.

En palabras del Espíritu a través de Zacarías, es Jesús, mis queridos hermanos, el sol que nace en lo alto y que viene a amanecer en nosotros para llenarnos con la belleza de la aurora y con la seguridad del radiante medio día. Aún estamos en marcha, pero hacia un destino y una meta segura: “el cielo”, nuestra patria prometida, allí donde Jesús nos ha preparado una morada. Lo que ahora nos agobia será convertido en paraíso porque tal como nos lo dice el profeta, el Señor mismo nos toma de la mano, como el Padre amoroso que asegura a su niño (a) para ayudarle a cruzar la calle y librarlo de todo peligro; ahora bien, si es su mano la que nos sostiene, ¿por qué temer?; entonces con la certeza del salmista que mira hacia las montañas en principio, pero que luego toma el desafío de mirar por encima de ellas para ver la aurora del nuevo día, digamos con fe, “nuestro auxilio es el Señor, que hizo el cielo y la tierra”.


El salmo que expresará que el Señor es bueno con todos, su amor y misericordia no se limita, ni siquiera con nuestros pecados, toda persona dispuesta a dejar atrás sus males y entregarse a Él encontrará sus brazos y su corazón abiertos.

El Evangelio nos presenta la figura de Juan el Bautista, aquel último profeta del Antiguo Testamento, aunque aparece en el nuevo; es el último que anuncia y prepara la venida del Mesías, de Cristo. ¿Cómo describir a Juan?

·      La voz que grita en el desierto.

·      Se viste como el profeta Elías.

·      Humilde al reconocer que detrás de él vendría alguien más importante al que no merecía, ni siquiera de rodillas, desatarle las sandalias.

·      Siempre consciente de que él debía decrecer para que creciera Cristo, el Señor.

·      Estuvo en la cárcel y fue decapitado por la dimensión de denuncia de su profetismo.

 

Estimados hermanos en Cristo, les ruego me disculpen si me extiendo un poco, apelo a su generosa paciencia, mi propósito es compartirles lo que el Señor me regala con su Palabra y ahora rápidamente quisiera que de alguna manera nos esmeráramos por imitar lo que acabo de destacar en la vida del Bautista:

 

·      El mundo en este momento es un gran desierto; la desolación de la injusticia, la maldad, la guerra, el hambre, la muerte, el relativismo moral, etc; impera y ha hecho árido el corazón de muchos. En medio de este desierto, tú y yo podemos ser una voz que en nombre del Señor grita y canta el amor y que con la acción y guía del Espíritu pueda contagiar hasta el corazón más enceguecido y endurecido. Este mundo necesita que se escuche el eco eterno del amor y la Palabra de Dios; nosotros debemos ser sus heraldos, porque de lo contrario, este mundo sólo seguirá escuchando el siseo de aquella antigua serpiente que seduce mostrando bajo la apariencia del bien y de la bondad aquellos frutos de desobediencia a Dios que traen como paga la muerte.

·      Ojalá en nombre del Señor podamos vestirnos del profeta Elías. ¿Cómo era él? Su lucha fue para mostrar ¿quién es Dios?, recuerden que eran muchos los profetas de Baal. Elías estaba luchando contra el mundo que le rodeaba, pero sobretodo contra las imágenes idolátricas de todo aquello que se mostraba como Dios. Elías tuvo una relación viva y personal con Dios, supremamente estrecha hasta el punto de tener acceso a grandes prodigios como el evitar que llueva por tres años. Si queremos ser como Elías, vestirnos de su fidelidad y entrega a Dios, entonces la vida de cada uno de nosotros debe mostrarle a los demás ¿quién? Y ¿cómo? Es Dios. Que sea nuestro grito de victoria el mismo del Arcángel Miguel: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!”.

·      Darle el primer lugar en nuestra vida y en nuestra realidad a Dios. Cristo es el centro, Él es el importante y la razón de ser de la forma como vivo, de mi anuncio, de mi entrega, de mi servicio en la comunidad a la cual pertenezco. Nunca aprovecharme de alguna responsabilidad o servicio eclesial para colocarme por encima del otro. Si lo hacemos sería como si el pollino en el cual Cristo entró a Jerusalén hubiera creído que los vítores y aclamaciones mesiánicas eran para él y no para quien llevaba en su lomo.

·      Si el grano no muere, no da fruto. El hombre viejo que hay en nosotros debe morir para que sea Cristo quien se manifieste en nosotros y desde nosotros. Él debe crecer y el yo, viciado, debe menguar.

·      Debemos ser fieles hasta el extremo de no temer ningún mal con tal de denunciar todo aquello que pueda llevar a nuestros hermanos a perder la fe y por ende su alma. Hoy, conforme a la profecía, a todo lo malo le llaman bueno, y a todo lo bueno le llaman malo. Pues aunque todo el mundo esté en contra, tal y como le pasó a Elías y al Bautista; no cederemos lugar a ninguna costumbre, doctrina, cultura, que atente contra el amor de Dios y contra su voluntad.
 Quedaos con Dios siempre!
 
 
 

jueves, 5 de diciembre de 2013


EN LA ENCRUCIJADA DE NUESTRA EXISTENCIA. (Los dos caminos). Mt7, 21.24-27. Por Iván  Muvdi.


La liturgia de hoy evoca unas imágenes muy hermosas y tocan profundamente nuestra forma de expresar y vivir la fe que decimos tener.

En la primera lectura tomada del libro de Isaías (Is 26, 1-6), se nos invita a la confianza pues si entramos y permanecemos en Jerusalén, estaremos seguros, debido a que Dios mismo la ha fortificado con murallas y baluartes; sin embargo, hay una actitud que debemos mantener para poder estar allí seguros. Lo mencionaremos más adelante.

El salmo (117), por su parte, nos reafirmará que mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres; pero también nos dice que sólo los vencedores entrarán a la ciudad de Dios.

En el Evangelio, tomado de San Mateo, (Mt 7, 21.24-27), el Señor Jesús nos invita a edificar sobre la “Roca” que es Él mismo. Pero llega el momento de enunciar las actitudes y compromisos que nuestro Dios y Señor nos pide para poder acceder a todas estas bondades.

En la primera lectura:

“Abrid las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti”.

·      Practicar la justicia.

·      Ser leales a nuestros compromisos.

·      Cumplirlos con firmeza.

·      Ser gestores de paz y no de discordias.

·      Confiar plenamente en Él.

·      Ser humildes.

En el salmo:

·      Ser agradecidos con Dios. “Dice esta es la puerta”

·      Depositar nuestra fe y confianza en Él.

En el Evangelio:

·      Cumplir la voluntad de Dios.

·      Escuchar a Cristo y poner en práctica sus enseñanzas.

 

Jesús utiliza la imagen de una construcción y las consecuencias cuando una casa se construye sobre arena y otra sobre roca firme. Sin embargo, como en una reflexión anterior me referí a lo que significa construir sobre roca, hoy quisiera compartirles cuál es la encrucijada de todo ser humano que busca vivir de cara a Dios. Por eso en la imagen que adjunte debajo del título que encabeza el mensaje de hoy coloqué dos caminos, uno que nos conduce al bien y el otro al mal.

Una vez viendo un documental, el expositor nos ilustraba indicándonos lo que pasó en Masada, una fortificación construida por Herodes sobre una montaña, dando la impresión de estar erigida sobre un gran abismo y sobretodo, inculcaba en las mentes de quienes le veían que se trataba de una construcción impenetrable. Masada traduce fortaleza. En ese lugar, se refugiaron un poco más de 900 personas del grupo de los “zelotes” contra un asedio romano que duró 9 años, hasta que por fin, los soldados romanos encontraron la forma de ingresar a esa fortificación. En su interior, los zelotes, que apreciaban y estaban comprometidos con su libertad y sobre todo con su religión vieron en la futura conquista romana un peligro de esclavitud y un peligro en cuanto al corrompimiento de sus costumbres y valores religiosos, así que decidieron morir antes que verse entregados a los romanos; así cuando estos por fin ingresaron, los encontraron a todos muertos. Hoy en día, como parte del final del proceso de adiestramiento de las fuerzas militares de Israel, llevan a los soldados a Masada y allí hacen este juramento: “mientras yo viva, Masada no caerá”.
Hoy, mis muy amados en el Señor, quisiera invitarlos a esto, a que juntos hagamos el propósito de que esta edificación de Dios, que somos nosotros, sus templos vivos, no caiga en el egoísmo, la injusticia, la maldad, el apego desenfrenado a los bienes materiales, no caiga ante la impureza, ante los vicios, ante la intolerancia; que mientras vivamos esta vida mortal, seamos capaces de asumir como nuestra gran responsabilidad que Masada (que eres tú, que soy yo, que es la familia que has construido), no caiga. Para poder lograrlo, necesitamos a Dios, necesitamos su gracia.
“Mira, yo he puesto delante de ti hoy, la vida y el bien, la muerte y el mal…escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. (Dt 30, 15-20).

“Escogeos hoy a quién serviréis”. (Jos 24, 15).

“Así dice Yahwéh, he aquí que pongo delante de vosotros camino de vida y de muerte”. (Jer 21,8).

Desde hace varios mensajes que les he compartido, les he insistido una y otra vez de que estamos en medio de una guerra espiritual de grandes alcances y eso significa que tenemos que tomar partido y que de hecho lo hacemos cada día con nuestras acciones. En este sentido es una realidad para nosotros el hecho de que en frente tenemos dos caminos y hemos recibido la libertad para tomar cualquiera de los dos.

El problema es que el camino que nos conduce a la felicidad tiene una puerta estrecha, mientras que el camino que nos trae como consecuencia la muerte, tiene una puerta espaciosa, nos presenta cada cosa con un envoltorio tal, que a veces, nos es muy difícil percatarnos del mal que hay en tal situación.

Por eso, en este sentido, no en el del suicidio (que en aquel tiempo y cultura era considerado honorable), es importante el ejemplo de los zelotes de Masada: “La lealtad es sólo para Dios”.

Hay una canción que nos dice “que se te note, que se te note, que se te note que tú amas a Jesús”; creo, mis queridos hermanos, que este es nuestro gran pecado en estos tiempos; no se nos nota; el mundo está como está porque se nota más el mal, porque hemos sido incapaces de que se note más el bien.
 
Oh, Señor, cuando el Rey David tuvo que huir de Saúl, se dirigió al desierto y se refugió en "lugares fuertes", dentro de las rocas (Sal 18, 1-2. Cuevas); míranos benigno y concédenos la gracia de no sucumbir frente a nuestros deseos de comodidad, de poca lucha y de poco esfuerzo. Por el contrario, guía tú nuestros pasos y fortalece nuestra voluntad para escoger por amor y siempre en libertad el camino del bien que Tú nos presentas a pesar de que su puerta sea angosta. Que nuestra lealtad y fidelidad sea para Ti, que mientras vivamos peregrinos por este mundo el Masada de nuestra existencia no caiga, porque Tú, Señor, serás nuestra roca y nuestra fortaleza, nuestro refugio en el peligro, el baluarte donde nos ponemos a salvo.
Que Dios nos bendiga a todos! Amén.

 

miércoles, 4 de diciembre de 2013


“NO SEA QUE DESFALLEZCAN EN EL CAMINO”… (MT 15, 29-37). Por Iván Muvdi.

 
La liturgia de hoy nos presenta como imagen central el hecho de compartir con Dios un banquete.

En la primera lectura, tomada del libro de Isaías, invitándonos a la esperanza (él consuela al pueblo que se encontraba exiliado y esclavizado), nos presenta a Dios preparando un suculento manjar en su monte, todas las naciones invitadas y se cantará a grandes voces: “aquí está nuestro Dios de quien se esperaba nos salvara”; es decir, todos contemplarán su triunfo sobre el mal y sobre la muerte; pero sobre todo, la esperanza depositada en Él no quedó defraudada.

El salmo, que es la respuesta en oración de quien se deja impetrar por la proclamación de la primera lectura, refuerza esta idea de festín, de banquete: El Señor, que es el “Buen Pastor”, “nos lleva a verdes pastos, repara nuestras fuerzas, nos conduce hacia aguas límpidas y tranquilas, prepara un banquete para nosotros en frente de nuestros enemigos”.

En el Evangelio, Jesús lleno de compasión, no quiere que las personas que fueron a su encuentro y que ya tenían tres días con Él en el monte, se desmayaran por los caminos, por eso multiplica panes y peces y les da de comer.
 


El Espíritu me inspira contrastar estas imágenes muy dicientes con el episodio del llamado “Rico Epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16, 19-31).
En griego epulos significa banquete, es decir, realmente epulón (banquetón) no es un nombre y estos detalles en la Biblia, no son casuales. Cuando un personaje no tiene nombre, es para que ese nombre sea el tuyo o el mío. Seremos el personaje, si hacemos lo que él hace.
Nos dice la Escritura que vestía de púrpura (las telas más finas y costosas), que ofrecía “banquetes diarios” y que ni siquiera daba las migajas que caían de su mesa a un mendigo que yacía en el suelo a las afuera de su casa.
Caso contrario, Jesús siente compasión al ver la gente llena de necesidades.
En ambos textos se muestra la miseria humana, la miseria física, pero más dolorosa aún, la miseria espiritual.
El contexto de un banquete para un judío, que no se sienta con cualquiera a la mesa, es signo de comunión, de estrecha e íntima relación. Epulón rechaza entrar en comunión con sus hermanos, por lo menos, con los necesitados. Cristo, por el contrario, no distingue entre unos y otros, a todos ama, a todos cobija con su amor misericordioso, porque todos lo necesitamos independientemente de los recursos económicos con los que contemos.
En el caso de Epulón, la fiesta no acaba, tiene varios días; no se ha pensado en otra cosa que no sea divertirse; no se piensa en el trabajo, en la familia, en el otro. Es la carnalidad y el egoísmo lo que da fuerzas para continuar en la fiesta. Así es el pecado, pareciera que fuera de nunca acabar.
Pero, ¿cuál es el destino de Epulón? ¿Cuál el destino de sus hermanos y amigos que vivían como él? El llanto y el crujir de dientes, las tinieblas exteriores.
 
Es un hecho, Dios nos ama, quiere establecer una relación íntima y muy familiar con nosotros, por eso nos invita a su mesa, Él es el anfitrión, Él es quien sirve y Él es quien se sirve. Él es el manjar insustituible, el festín de manjares suculentos que menciona Isaías, Él es el pasto siempre verde, la fuente de agua límpida.
Por eso, mis queridos hermanos, no debemos temer el colocarnos en sus manos, Él nunca defrauda. Pero nuestra debilidad nos hace inconstantes, temerosos, nos agotamos con facilidad; por eso es importante, renovarnos en Él cada día, dejarlo reparar nuestras fuerzas, dejarnos guiar por Él hasta los verdes pastos o hasta las fuentes de agua limpias y tranquilas.
Esto es lo que quiere recordarnos la liturgia de hoy; alejarnos de la monotonía, de celebrar por costumbre y redescubrir que es precisamente por nosotros, para nosotros, que Jesús viene litúrgicamente en este momento, pero en gloria en su parusía. Nos desfallezca nuestra esperanza, pues Dios mismo enjugará cada lágrima y Él mismo nos llevará a su casa y nos sentará en su mesa.
Nuestros esfuerzos no son en vano; mis pobres esfuerzos son multiplicados por Dios. ¿Cuáles son los panes y los peces que hoy le ofreceremos al Señor?
Oh, Señor, ¿cómo podemos agradecerte o compensarte por tanto bien? No podemos, Señor, jamás estaremos en condiciones de ofrecerte algo que esté a tu altura; sin embargo, sigue posando sobre nosotros tus ojos llenos de amor, compasión y misericordia; sigue velando para que no desfallezcamos en el camino, sigue guiando nuestros pasos para encontrar cada día pastos verdes que renueven nuestras fuerzas y nuestra entrega a Ti. No permitas que nos contaminemos por el egoísmo, la injusticia, la maldad. Te abrimos el corazón para que donde abundó el pecado, sobreabunde tu gracia. Que sea tu voz la única que reconozcamos para que no andemos tras otras guías, ni construyamos apariencias y felicidad artificial como lo hizo Epulón. Me presento ante ti como Lázaro, menesteroso, lleno de miserias y llagas. Sé Tú mi consuelo, mi salud, mi fuerza para continuar. Tu amor me sostenga en pie de lucha y la esperanza me anime porque en Ti nunca seré defraudado. Amén.
 
 
 
 
 

 

 
 

sábado, 30 de noviembre de 2013


Domingo I de Adviento: “La Vigilancia”.


“Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos”. Esto nos dice el profeta Isaías en la primera lectura de la liturgia de hoy. Al igual que lo hemos venido reflexionando a lo largo de esta última semana, hoy nuevamente se nos coloca en frente la esperanza como remedio a todo lo negativo que nos rodea. Al final Dios vencerá. Sabemos que si no lo ha hecho aún se debe a que el tiempo que transcurre es una oportunidad para quienes aún no viven un proceso serio de conversión, ya que, una vez se cumpla la parusía, o antes de ella, nos sorprenda la muerte, no habrá nada que hacer; nuestro tiempo es ahora y por eso, como lo hicieron los santos, hay que vivir cada día como si fuera el último.  “Tú desprecias la inagotable bondad, tolerancia y paciencia de Dios, sin darte cuenta de que es precisamente su bondad la que te está llevando a convertirte a Él”. (Ro 2, 4).

 En el Evangelio, tomado del libro de Mateo, el Señor Jesús nos invita a la vigilancia: “estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Permanecer en estado de vigilancia es sumamente importante y necesario. No es fácil, por eso debemos concentrarnos cada día en este objetivo para no descuidarlo. Los evangelios nos mencionan que en el momento en que Cristo, como hombre, necesitó más a sus apóstoles, éstos le dejaron solos porque se dejaron vencer por el sueño: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren, para que no caigan en tentación”. (Lc 22, 46).

Desde esta perspectiva podemos comprender mejor la segunda lectura que nos trae la Carta de San Pablo a los Romanos en la que nos invita a “despertarnos del sueño”. Antes de finalizar nuestra reflexión puntualicemos el mensaje en conjunto.

·      En la Primera Lectura se nos presenta el Monte de Jerusalén como una roca firme. Es decir, no temamos en apostarlo todo en Dios pues Él permanecerá firme, incluso después del final.

·      Por lo anterior el salmo no muestra a los peregrinos que se dirigen hacia Jerusalén llenos de la alegría de haber sido invitados.

·      En la segunda lectura, se nos invita a despertar del sueño, porque este nos somete a un estado en el que no podemos ser fieles a Dios.

·      El evangelio nos presenta el antónimo de la situación del sueño; estar despiertos, lo cual equivale a vigilar y para ello nos da un muy buen ejemplo: si te avisaran que un ladrón entrará a tu casa y te dicen a qué hora y de qué forma, ¿qué harías? ¿harías caso omiso y permanecerías durmiendo como de costumbre? No lo creo. Entonces la pregunta es ¿qué representa el sueño? El mismo San Pablo nos lo dice: “dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo”.

El sueño es vivir de espaldas a Dios, es olvidarnos que tenemos un alma que salvar, que recibiremos el pago conforme a nuestras obras, que no podemos olvidar que la paga del pecado siempre ha sido y será la muerte. Es por eso que Jesús dirá en el evangelio que «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán”. Siempre, mis queridos hermanos, dos bandos; no se puede permanecer neutral; o con Dios o en su contra; o escuchamos su voz o la de la serpiente.

Señor, tú conoces mi corazón. Sabes que deseo con toda mi alma servirte con fidelidad y sin reservas. Pero, ¿cuántas veces tiendo a adormecerme? ¿Cuántas veces he sentido desfallecer? ¿Cuántas veces he sentido que no me quedan fuerzas, olvidando que ella no depende de mis músculos, sino de los tuyos?

El Espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26,41). Ayúdame, Señor, a ser señor de mi voluntad para luego colocarla a tus pies y seas Tú el Señor de mi vida, de mi historia, para que también en mí haya parte de victoria. Tuyo soy, Señor; y tuyo quiero ser! Amén.

jueves, 28 de noviembre de 2013


“LEVANTAD LA CABEZA, VUESTRA LIBERACIÓN ESTÁ CERCA”. (Lc 21, 20-28). Por Iván Muvdi.

Continúa la Liturgia de la Palabra describiéndonos las señales antes del fin del mundo y emplea para ello el género literario apocalíptico acostumbrado por aquellos días. Ante esta serie de señales, de desastres, de guerras, de persecuciones, podríamos atemorizarnos. De hecho hay muchos que insisten es esto para llevar a los demás al encuentro de Dios por medio del miedo. Sin embargo, no olvidemos, que todas estas lecturas tienen como marco la celebración del último domingo del año litúrgico: “Jesucristo, Rey del Universo”. Es decir, pese a todos nuestros males, Él ya ha vencido.

Esta es una realidad de la que tenemos que convencernos, pues de esto depende mucho con referencia a nuestra fe y a nuestra salvación.

Quizás en nuestro optimismo, por nuestro esfuerzo y trabajo esperábamos que este año que ya termina trajera consigo muchas cosas positivas en el aspecto material, profesional, académico, económico y espiritual. Es posible que en muchos casos el resultado no haya sido el esperado. El fantasma de las dificultades, del desempleo, de la pérdida de un ser querido, del desprecio padecido por quien lo ha dado todo y recibe a cambio maldad, etc; tantas cosas que pueden desmotivarnos y lanzarnos al suelo. Estos son los cataclismos personales que a diario podemos contemplar; no nos fijemos solamente en las guerras, los desastres naturales, las persecuciones religiosas, políticas, entre otras. Muchos sectores de nuestra vida pueden estar en ruinas y todo ello tendrá que pasar, pero al final, es importante tener presente que el Señor nos invita a levantar la cabeza y fijarnos en el hecho de que Él está sobre la nube lleno de poder y de gloria y dispuesto a librarnos, a liberarnos, a salvarnos.

Frente a esta realidad es importante “PERMANECER FIELES”. En la primera lectura de hoy tomada del libro de Daniel, el texto sagrado nos narra el peligro en que estuvo Daniel por violar el decreto real que prohibía dirigirse a cualquier Dios distinto al de los medos y los persas. Daniel hizo caso omiso a esta orden y como era su costumbre se dirigía a Dios piadosamente tres veces durante el día por lo que fue acusado y arrojado al foso de los leones. Sin embargo, “Dios cerró las fauces de los leones”. Aún en el peligro más grande Dios es capaz de hacer lo imposible. Por eso, en el engranaje de nuestro interior, además de la fidelidad que ahora he mencionado, debe aparecer “LA FE”; porque, de lo contrario, podría ocurrirnos como a los apóstoles, que en medio de la violencia del viento y las olas, sintieron terror a pesar de tener a Jesús en su barca, ante lo cual el Señor les echó en cara su incredulidad. ¿Por qué temen si estoy YO con ustedes? Si creemos que Jesús duerme, hay que despertarlo con nuestra oración, sin embargo, no olvidemos que: “Nunca permitirá que resbales! Nunca se dormirá el que te cuida! El Señor es quien te protege, quien está junto a ti para ayudarte”. (Sal 121 (120)).

Frente a los cataclismos anunciados aparecen dos grupos de personas:

·         “Los incrédulos”, cuya actitud será el pánico.

·         “El creyente”, cuya herencia será el gozo.

De acuerdo a lo anterior, aparece entonces un tercer elemento: “LA PERSEVERANCIA”, no cansarnos nunca de hacer el bien, aunque mal nos paguen; insistir en nuestra salvación y en la de nuestros hermanos, aunque incluso por ello, busquen nuestro mal. De la perseverancia reflexionamos en nuestro tema anterior: “Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas”, por lo que no me alargaré en esto el día de hoy.

Nuestro consuelo debemos hallarlo en el Señor: “Levanto mis ojos a los montes y me pregunto: ¿de dónde vendrá mi auxilio? Mi auxilio vendrá del Señor, que hizo el cielo y la tierra. (Sal 121 (120)). “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados que Yo os haré descansar”. (Mt 11, 28).

La última pieza que nos propone la liturgia para el engranaje de nuestra alma es “la ESPERANZA”. Nos decía el P.a.p.a. Benedicto XVI en su carta encíclica Spe Salvi, lo siguiente:

 1. Dios nos ha dado una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.

2. Antes del encuentro con Cristo, los Efesios estaban sin esperanza, porque estaban en el mundo « sin Dios ». Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza.

3. A través de  la historia de la santa Bakhita (fue vendida como esclava 5 veces, uno de sus amos le tatuó 142 cicatrices por azotes) de Sudán, nos  propone su consigna para animar nuestra esperanza: “yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa”.

Quería cerrar definiendo qué es la esperanza y para ello copiaré textualmente una definición que me encantó y que expreso el P.a.p.a. Francisco: “La virtud de la esperanza – quizás menos conocida que la de la fe y la caridad– nunca debe confundirse con el optimismo humano, que es una actitud más relacionada con el estado de ánimo. Para un cristiano, la esperanza es Jesús en persona, es su fuerza de liberar y volver a hacer nueva cada vida. La esperanza es un don, es un regalo del Espíritu Santo y por esto Pablo dirá: ‘Nunca defrauda’. La esperanza nunca defrauda, ¿por qué? Porque es un don que nos ha dado el Espíritu Santo. Pero Pablo nos dice que la esperanza tiene un nombre. La esperanza es Jesús. No podemos decir: 'Yo tengo esperanza en la vida, tengo esperanza en Dios’, no: si no dices: 'Tengo esperanza en Jesús, en Jesucristo, Persona viva, que ahora viene en la Eucaristía, que está presente en su Palabra”.

No lo olvidemos, FIDELIDAD, FE, PERSEVERANCIA Y ESPERANZA, serán las condiciones para que podamos mantener en alto nuestra cabeza y confiar en nuestra pronta liberación.

 Oh, mi buen Señor! Mi roca y mi fortaleza, baluarte donde me pongo a salvo, mi más alto escondite, mi sol y mi escudo. Tanto quiero darte, Señor y mi condición de fragilidad me lo impide. Tú mereces lo mejor de mí, la medida completa de mi capacidad, aunque ello sea insignificante frente a tu majestad. Oh, mi Señor, hoy elevo mi corazón a Ti y te repito lo que con frecuencia te decía San Agustín: “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”. Ayúdame a serte fiel, a permanecerte fiel. Aumenta, Señor, mi fe; para que confiado en Ti pueda yo decirle a las inmensas montañas de mis dificultades y falencias, quítate de aquí y plántate en el mar. Concédeme el don de la perseverancia final para que seas Tú mi mayor motivación y todo sea para tu mayor gloria. Sé Tú mi esperanza, para que esta no sea una simple actitud humana. Tú eres certeza, Tú no fallas, Tú has vencido! Tuyo soy, Señor, y tuyo quiero ser. Amén.