sábado, 8 de febrero de 2014


“No es lo mismo ser sabios según el mundo, que sabios según Dios”. Por Iván Muvdi.

SALOMÓN PIDE SABIDURÍA A DIOS.
Lectura del primer libro de los Reyes (3,4-15):
En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos.
En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.»
Respondió Salomón: «Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa, dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las de rey alguno.»
PALABRA DE DIOS.
 
SALMO RESPONSORIAL:
R/. Enséñame, Señor, tus leyes

¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras. R/.
Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe
de tus mandamientos. R/.
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. R/.
Bendito eres, Señor,
enséñame tus leyes. R/.
Mis labios van enumerando
los mandamientos de tu boca. R/.
Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.
 
 
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,30-34):

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. PALABRA DEL SEÑOR.
 
Las lecturas de estos días nos han venido presentando el final del reinado de David y ya inicia con el de su sucesor, Salomón.
En la primera lectura, se nos narra que Salomón fue a Gabaón a ofrecer sacrificios al Señor. Pese a sus pecados, David fue el rey que mejor sirvió a Dios y a su pueblo; Salomón quiere estar a la altura de la responsabilidad que ha recibido.
Viéndole Dios en su intención de servirlo; se le aparece y le da la opción de pedirle lo que quiera. Ya veíamos algo similar en la liturgia de ayer, cuando Herodes, le dice a su sobrina que le pidiera lo que ella quisiera, hasta la mitad de su reino, a cambio de que bailara para él. Terminó esta oferta en la decapitación del profeta Juan, el bautista. Lo que surge del pecado, termina en un pecado peor; pero lo que surge del amor, termina en una bendición mayor. Dios tiene el poder para darnos mucho más de lo que pudiéramos imaginar; sin embargo, la misma Escritura nos dice que nosotros no sabemos orar y que por ello el Espíritu viene en nuestro auxilio.
¿Qué pasaría si Dios nos dijera que le pidiéramos lo que quisiéramos? ¿Qué le pediríamos?
Salomón tenía en este momento su corazón en sintonía con su deseo de servir bien tanto a Dios como a su pueblo; por ello, la petición que eleva al Señor es capaz de cautivar el corazón de Dios, que nunca se deja ganar en generosidad. Si nosotros somos generosos, Él lo es aún más.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final, termina perdiendo su alma? Hay que aspirar a los bienes más altos y las demás bendiciones vendrán por añadidura. Fuimos creados por Dios y para Dios y conforme a ello debemos vivir nuestras vidas. Ante tantos peligros, ante tantos ataques de este mundo vacío, materialista, hedonista, promiscuo; que insiste en vivir de espaldas a Dios; que ya cumple lo anunciado con relación a que se llamará malo a lo bueno y bueno a lo malo; creo que es importante pedirle a Dios cada día el don de discernimiento para poder descubrir siempre, en cada situación y en cada cosa, lo esencial, lo que convenga a nuestra salvación. Siempre me ha encantado el salmo que dice: “Señor, enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”. Ciertamente, nuestra vida mortal es un soplo que pasa. Así que, aunque vivimos en este mundo, nuestra mirada siempre debe dirigirse hacia el horizonte del cielo.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser sabios. La palabra sabiduría, proviene del vocablo latino “sapere”, lo cual tiene que ver con el sabor. El sentido del gusto es lo que nos ayuda a distinguir entre los alimentos nocivos de aquellos que no lo son. Pero este sentido puede atrofiarse y qué estado tan lamentable tendría aquel a quien esto le sucediera. Hay muchos que han vivido tanto tiempo entre las tumbas, como el endemoniado de Gerasa, que ya no distinguen entre lo que es pecado y lo que no lo es; están tan anclados al mal, que ya ni siquiera hace falta ser tentados para pecar. Si la sabiduría tiene que ver con el gusto, entonces tratemos de entender y de vivir lo siguiente: “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Hay que gustar a Dios, verlo en cada circunstancia de nuestra cotidianidad, y saborear sus dulzuras. Si le hemos gustado, nuestro gusto ya no querrá otra cosa distinta. “Todo el mundo sirve primero el mejor vino… tú has guardado lo mejor para el final”. Ante un sentido del gusto bien agudizado, fácilmente caen las imitaciones, ya no nos dejaremos engañar cuando el mundo pretenda orientarnos hacia una felicidad artificial, pues todo lo que el mundo ofrece es apariencia, es efímero, es esfuma como el humo; pero lo que Dios ofrece es firme como la roca inconmovible y permanece para siempre.
Sabemos que siempre, la primera lectura se conecta con el evangelio, siempre tienen, ambas lecturas un hilo conductor. El salmo, por su parte, es la respuesta orante de quien ha recibido, como buen terreno, el anuncio del mensaje contenido en la primera lectura; en este caso, con claridad nos indica cuál es el camino para ser sabios y no es otro que, cumplir los mandamientos de Dios; por eso el salmista canta: “Señor, enséñame tus leyes”.
En este caso, ¿cuál sería la conexión entre las lecturas? ¿Qué hay en el Evangelio de hoy, tomado del capítulo 6 de San Marcos que siga la línea de lo que hemos venido reflexionando?
Lo que el Señor me inspira en este momento tiene que ver con “tener calma”. Se menciona dos veces en la narración; primero, cuando Jesús lleva a los apóstoles a un lugar apartado, a un sitio tranquilo a descansar. Y al final de la narración, cuando se nos dice que Jesús enseñaba a la multitud con calma.
En principio, la calma podríamos entenderla como la cesación de todo movimiento; sin embargo, considero que no aplica de esta manera el concepto, porque Dios siempre actúa. “Mi Padre siempre ha trabajado y Yo también trabajo”. (Jn 5, 17). A mi modo de ver, la clave está en el principio de la narración del Evangelio de hoy: “los apóstoles han regresado, llenos de euforia, sorprendidos por todo lo que habían podido hacer en nombre de Jesús; imaginémoslo por un instante: expulsar demonios, curar todo tipo de enfermedades; constatar el poder de la Palabra, las numerosas conversiones; etc. Todo esto, estando Jesús a la distancia, pues el Evangelio indica que los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús. Jesús sabe perfectamente, que sus apóstoles vivirán la traumática experiencia de la cruz. Esta euforia, puede llevarles fácilmente al error haciéndoles creer que la misión de la evangelización, que seguir las huellas de las pisadas de Dios, es algo fácil y cómodo. Jesús los lleva a la calma, a la moderación, los va, poco a poco, aterrizándolos a la realidad. Lo veíamos también en el evangelio de estos días, cuando Jesús, apenas los enviaba: “si alguien no los recibe, sacudan el polvo de sus sandalias”. No siempre serán bien recibidos; también serán echados, apedreados, perseguidos y asesinados, como lo constatarían más tarde. La calma tiene que ver con la tranquilidad de saber que uno es el que siembra y otro el que recoge; que la Palabra de Dios, de alguna manera empapa toda la tierra y no regresa sin dar frutos; pero éstos, no siempre serán inmediatos, pueden tardar mucho, e incluso, puede que sea otro el que recoja lo que nosotros sembramos. Lo importante es saber a quién servimos, para quién es nuestro servicio, sea valorado o no por los hombres, siempre será valorado por Dios y siempre, a cambio (no porque sea eso lo que busquemos) recibiremos una bendición abundante, pues como les he insistido, Dios nunca se deja ganar en generosidad. Nuestro sitio seguro, nuestro lugar de delicados pastos y de tranquilas y límpidas aguas debemos encontrarlo siempre en el Corazón de Cristo, nuestro Pastor. El triunfo en este mundo no es lo que debe motivarnos, pues el voluble, como voluble es el mundo. Lo importante es vivir en Dios y para Dios pues como nos dice el salmista: “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”.
Oh, mi Señor y Dios; te entrego mi corazón, para que aún en medio de las grandes tormentas, yo pueda encontrar refugio en Ti y permanecer en calma, en paz, siempre contigo; sin el afán de los reconocimientos humanos. Que mi referente sea siempre hacer la voluntad que Tú expresas en los Mandamientos y en tu Palabra, que se ha hecho carne para habitar en nosotros y con nosotros. Concédenos ser sabios, es decir, poder gustarte en cada instante de nuestra vida, para que vivamos siempre con la certeza de que jamás encontraremos algo mejor que Tú. Tuyo soy, Señor, y tuyo quiero ser.
Quedaos con Dios!


viernes, 7 de febrero de 2014


“¿Qué huellas dejará nuestra existencia? Siguiendo las huellas de Jesús. Por Iván Muvdi.


Lectura del libro del Eclesiástico (47,2-13):

Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat. Invocó al Dios Altísimo, quien hizo fuerte su diestra para eliminar al hombre aguerrido y restaurar el honor de su pueblo. Por eso le cantaban las mozas, alabándolo por sus diez mil. Ya coronado, peleó y derrotó a sus enemigos vecinos, derrotó a los filisteos hostiles, quebrantando su poder hasta hoy. De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito. El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén. PALABRA DE DIOS.

 Salmo Responsorial:

R/. Bendito sea mi Dios y Salvador.

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre. R/.

Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,14-29):

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan Bautista ha resucitado, y por eso los ángeles actúan en él.» Otros decían: «Es Elías.» Otros: «Es un profeta corno los antiguos.» Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.»
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.

El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy.» Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»

Ella salió a preguntarle a su madre: « ¿Qué le pido?»
La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista.»
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. PALABRA DEL SEÑOR.
 
 
Las lecturas de la liturgia de hoy nos muestran los hechos por los cuales seremos recordados una vez que hayamos partido de este mundo. Son muchos los que pasarán por este mundo, se irán sin dejar ninguna huella en aquellos que le conocieron. En el caso del Rey David, se recuerda su victoria sobre Goliat, cuando, lleno de amor, de confianza y de celo por Dios, enfrentó al gigante que no perdía momento para insultar al Señor y a su pueblo. Se le recuerda a David porque fue el mejor rey que tuvo Israel, porque de todo corazón amó a su Creador y no dejaba de darle gracias por los beneficios que de Él recibía; por eso Dios lo bendijo dándole la victoria sobre sus enemigos y afirmando su trono para siempre.
En el Evangelio, se nos narra el martirio de Juan, el bautista, quien en cumplimiento de su misión profética denuncia el escandaloso pecado de Herodes que tiene por mujer a su cuñada. Este rey admira la valentía Juan, le oye con gusto, le agrada escuchar a este profeta, incluso, nos dice la Escritura que se desconcierta ante la predicación de Juan, pero no pasa de allí. Juan será recordado por su fidelidad a Dios, a la misión que le fue encomendada, por su valentía para cumplir con su doble misión profética de anunciar la Palabra de Dios y de denunciar todo aquello que le sea contraria.
Sería lamentable para nosotros, que nos ocurriera lo mismo que a Herodes; es decir, que ante el anuncio de la Palabra de Dios nos quedemos en la complacencia y en la admiración que producen tan sabias, consoladoras y santas palabras de nuestro Señor, pero sin que ello nos mueva a conversión.
Sería triste que, por complacer a otros, equivocáramos más nuestro camino matando toda posibilidad de ir al encuentro de nuestro Señor para dar rienda suelta a nuestro pecado.
Sería triste que cada uno de nosotros, que hemos sido ungidos por Dios, el día de nuestro bautismo, como sus sacerdotes, profetas y reyes; que hemos sido sellados como su pertenencia y colmados con la gracia del Espíritu Santo, el día de nuestra confirmación; vivamos nuestra vida entregados al vicio, a la impureza, a la mentira, a la maldad, a la injusticia y a todo aquello que denigra nuestro ser cristiano. Hemos sido puestos en este mundo para ser signos del amor, el consuelo, la fortaleza y  la presencia viva de Dios. Tenemos un compromiso con Él y con nosotros mismos y el sentido de nuestra existencia es dejar una huella positiva en el corazón de quienes nos conozcan, de quienes en algún momento haya entrado en contacto con nosotros, es nuestro deber edificar siempre al pueblo de Dios. Las huellas no serán nuestras, pues lo que haremos será comunicar las huellas que Él, nuestro Dios y Señor, ha dejado en nosotros, la huella de su amor extremo por cada uno de nosotros.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser sus testigos fieles, de llevar con honor y con orgullo, como lo hace el gimnasta, la antorcha que contiene el fuego del amor de Dios para incendiar con él a este mundo que persiste en lanzarle al olvido y para incinerar toda situación de pecado, todo mal ejemplo que lleva al error a muchos.
El día que debamos partir de este mundo, ¿qué será lo que los demás recordarán de nosotros?
¡Quedaos con Dios!


 

 
 


jueves, 6 de febrero de 2014


“Un testamento de amor”. Por Iván Muvdi.


Lectura del primer libro de los Reyes (2,1-4.10-12):


Estando ya próximo a morir, David hizo estas recomendaciones a su hijo Salomón: «Yo emprendo el viaje de todos. ¡Ánimo, sé un hombre! Guarda las consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas, como están escritos en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todas tus empresas, dondequiera que vayas; para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: "Si tus hijos saben comportarse, caminando sinceramente en mi presencia, con todo el corazón y con toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel."»
David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David. Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó. Palabra de Dios.

 
R/. Tú eres Señor del universo

Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. R/.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. R/.

Tú eres rey y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria. R/.

Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. R/.

 
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. Palabra del Señor.

 Queridos hermanos, la Palabra de Dios hoy nos presenta los últimos momentos del Rey David; después de haber vivido su existencia terrena y próximo a gozar de la eterna, llama a su Hijo y enfoca su conversación, la última, en el amor y la fidelidad con que éste deberá servir al Señor. Es una gran lección para todos nosotros, pues como dijo el Papa Francisco, “yo nunca he visto un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre”, es decir, nadie se lleva nada material. Muchas veces centramos nuestra vida en la consecución de bienes materiales, que aunque importantes, no son lo más importante. Debemos tener mucho cuidado, pues como nos lo advirtió el mismo Jesús, “allí donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”; “nadie puede amar a dos señores, pues amará a uno y despreciará al otro; no se puede amar a Dios y a las riquezas”. Llama mucho la atención el hecho de que Jesús habla del señorío del dinero; realmente el hombre le ha hecho señor y son muchos los que le sirven y es tan peligroso, que incluso, puede uno apegarse a los bienes que aún no tiene, cuando se pasa la existencia anhelándolos y en amargura porque aún no se tienen. Ojalá que los padres de hoy, puedan darse cuenta de que la mejor herencia que legarán a sus hijos es la fe y el temor del Señor que les librará de ofenderlo gravemente.

El salmo responsorial busca resaltar que sólo hay un Señor y que éste debe ser nuestro Dios. De Él somos herederos, Cristo nos ha hecho coherederos y su herencia supera infinitamente cualquier cosa que podamos soñar o anhelar.

En el Evangelio, Jesús le da autoridad y poder a sus apóstoles para ir por los caminos a predicar su Palabra y para no dejarse vencer por los peligros que se hallan en los caminos de este mundo. De igual modo, a nosotros, Dios nos da por medio de su Hijo y bajo la unción del Espíritu, las gracias necesarias para vencer las seducciones del demonio, el mundo o la carne, para que, unidos a Él que ha vencido al mundo, podamos aprovechar nuestro tiempo terreno en gestarnos para el cielo. El Reino de Dios es contrario a los reinos de este mundo donde se tiraniza, se somete y se esclaviza a los hombres. Quien sirve a Dios con recta intención, sólo reconoce y sirve a un Señor, con corazón de hijo, con la nobleza de un siervo fiel. Que Dios nos conceda la gracia de amarle con la certeza de que en Él ya hemos encontrado la joya más preciosa por la que vale la pena venderlo todo.

Quedaos con Dios!

 

miércoles, 5 de febrero de 2014


“Mejor es estar en las manos de Dios”. Por Iván Muvdi.

 

Lectura del segundo libro de Samuel (24,2.9-17):

En aquellos días, el rey David ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: «Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo.»

Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil.

Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor: «He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura.»

Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor: «Vete a decir a David: "Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré."»

Gad se presentó a David y le notificó: « ¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?»
David contestó: « ¡Estoy en un gran apuro! Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.»

Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla.
Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor: «¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.»

El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población: « ¡Basta! ¡Detén tu mano!». Palabra de Dios.

 
R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. R/.

Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R/.

 
Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando. Palabra del Señor.

 Reflexión:

 La Palabra de Dios, de la liturgia de hoy, inicia presentándonos al Rey David en la cumbre de su reinado. Ya ha logrado la unificación de todo Israel, se ha instaurado como el monarca de todo el país y se ha asentado en Jerusalén como la capital de su reino.

Se le ocurre a David hacer un censo. Un podría preguntarse ¿por qué molestó a Dios esto? ¿Por qué fue un pecado? Y la respuesta es sencilla: “porque con este hecho, David expresó que el éxito de su obra, la seguridad militar frente a sus vecinos hostiles, se hallaba en el número de soldados de su ejército”. Era Dios quien le había elegido, era Dios quien le dio la victoria frente a Goliad, fue Dios quien le favoreció, quien le bendijo con el éxito, quien lo sentó en el trono y quien mantuvo a raya a sus enemigos. David desconoció esto y por eso cometió un pecado.

Esta historia se repite una y otra vez en nuestra propia vida; ¿Cuántas veces no hemos sido nosotros los que le hemos negado la gloria a Dios atribuyéndonos sus triunfos y victorias? ¿Cuántos hombres no han pensado que sus triunfos son sólo el producto de sus cualidades personales y de sus capacidades?

Ya nos lo había dicho Jesús: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos… Sin Mí, nada podéis hacer”.

Pese a lo anterior, es loable resaltar la capacidad que tenía David para reconocerse pecador frente a Dios. Su fragilidad lo llevaba con facilidad al pecado, pero su corazón le llevaba con facilidad a Dios. Ojalá que nos sumerjamos en el Espíritu Santo para perseverar en la práctica de la virtud; sin embargo, si por nuestra debilidad caemos en el pecado, ojalá estemos siempre dispuestos a reconocer con prontitud nuestras faltas, arrepentirnos y pedir perdón por ellas.

La Escritura siempre insiste en enseñarnos que todo lo que hacemos trae consigo consecuencias. Es una concepción primitiva pensar que Dios pueda causarnos males como castigos por nuestras faltas. Como lo sabemos, la paga del pecado es la muerte, no hace falta que Dios nos castigue, pues nuestras mismas acciones pecaminosas nos someten a situaciones dolorosas. Pero en medio de estas situaciones, la mejor elección es colocarnos en manos de Dios como lo hizo David. Es mejor estar en manos de Dios, que es misericordioso, que en manos de los hombres que se ensañan en la venganza y en el desconocimiento de su fragilidad personal. Es esto lo que también nos muestra el texto del Segundo Libro de Samuel; ante la plegaria de David, se detiene el mal, pues Dios actúa y libera de dicho mal.

El salmo responsorial refuerza el hecho de que Dios siempre nos ofrece su amor misericordioso; siempre que, nos acerquemos con confianza y sinceramente arrepentidos, Dios nos perdona nuestros pecados. “Te confesé, Señor, mi culpa y tú perdonaste mi pecado”. Continúa el salmo animándonos, a pesar de tus pecados, no dejes de buscar en Dios su amor, su misericordia, por ello exclama el salmista: “que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia y las crecidas de las aguas no le alcanzarán”. Pienso que una de las grandes ofensivas del maligno, además de hacernos caer en la relatividad moral de hoy, donde ya nada es pecado; es hacernos creer que nuestros pecados no tienen perdón, que Dios no está dispuesto a perdonarnos para lograr con ello desanimarnos. Hay que perseverar, pues aunque Dios es justo y pagará a cada uno conforme hayan sido sus obras, también es amor y perdón; pues es el mismo Dios justo el que se ha hecho hombre para cargar con nuestros pecados y extender sus brazos en la cruz. También esto se resalta en la primera lectura de hoy: “si por la desobediencia de uno, entró la muerte al mundo; por la obediencia de uno entrará la salvación y la vida”.

En el Evangelio, vemos que Jesús no logra hacer ningún milagro en su territorio, porque quienes le rodean creen conocerlo por haberle visto crecer, se acostumbraron tanto a su humanidad que no lograron ver su divinidad, la cuestionaban, la ponían en duda y Dios que quiere siempre bendecirnos y colmarnos con sus dones, no pudo hacerlo; no porque su poder dependiera de nosotros, sino porque Él no nos dará nada a la fuerza. Así nos ocurre a nosotros cuando ante nuestra desesperación frente a las dificultades esperamos que Dios actúe de una manera portentosa y buscamos tales manifestaciones, hasta con ánimo supersticioso, que nos auto incapacitamos, nos auto enceguecemos hasta el punto de no poder distinguirlo en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida. Dios siempre actúa en nosotros y por nosotros; “el guardián de Israel no duerme”.

QUEDAOS CON DIOS!

martes, 4 de febrero de 2014


“A ti te digo: levántate!”

Evangelio según San Marcos 5,21-43.


Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: "Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva". Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: "Con sólo tocar su manto quedaré curada". Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: "¿Quién tocó mi manto?". Sus discípulos le dijeron: "¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?". Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad". Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: "Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?". Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta que creas". Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: "¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme". Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: "Talitá kum", que significa: "¡Niña, yo te lo ordeno, levántate". En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer. Palabra del Señor.

Después del milagro de la "tempestad calmada" y el del "endemoniado liberado"... vamos hoy a oír el relato de otros dos milagros estrechamente imbricados y ligados uno a otro: asistimos a una especie de crescendo, a una progresión en la Fe de los discípulos para quienes son estos gestos...
El lector es llevado por san Marcos a creer en el poder de la resurrección de Jesús:
--poder sobre los elementos de la naturaleza (la tempestad en el mar).
--poder sobre los "espíritus inmundos" del hombre pagano (¡en Gerasa!)
--poder sobre la enfermedad (la hemorragia de la mujer)...
--poder sobre la muerte (resurrección de la hijita de Jairo)...
-Una mujer que padecía flujo de sangre (HEMORROISA) desde hacía doce años... vino entre la muchedumbre por detrás, y tocó su vestido... Al punto, se secó la fuente de la sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal...
¿Cuántos males no nos aquejan y buscan despedazarnos? Si tan sólo nos acercáramos a Jesús, con fe, confianza y amor; si tan solo tocáramos el borde de su manto, seríamos sanos, seríamos liberados de las consecuencias negativas de nuestros males. Tenemos que perseverar en el Señor, mantenernos cerca de Él y no permitir que la angustia, la tristeza, la desesperación, la enfermedad nos alejen de nuestro Dios; sea cual sea la situación que estemos atravesando, ésta debe ser un medio que nos lleve a sentirnos necesitados, principalmente de Él.
Debido a su enfermedad de flujo continuo de sangre, la hemorroísa era ritualmente impura y desde esa perspectiva nunca debió acercarse a Jesús y mucho menos tocarlo. Sin embargo, fue más fuerte su confianza en el amor de Aquel que se ha hecho Dios con nosotros, y su fe en el poder de Aquel Santo, Hijo de Dios que ha sido colocado como signo de contradicción para que muchos caigan o se levanten.
Constantemente veremos a Jesús tomar en consideración a los marginados, a los rechazados, a los "dejados de lado" por la Ley... o a los que se sienten rechazados por sus semejantes.
Oh, Señor, fortalece mi corazón, mi voluntad, para que persevere en mi lucha por ir a tu encuentro; sé que si lo hago, te encontraré en mi camino, pues Tú, habrás salido primero en mi búsqueda.
Talita Kumi: “levántate”; hoy, el Kum de Dios, la fuerza para levantarnos principalmente la encontramos en la eucaristía; allí, el Señor, se ha hecho carne y sangre; nos brinda su Cuerpo, su Sangre, su Alma y Divinidad para hacer que los tobillos y rodillas de nuestra voluntad se fortalezcan y podamos con ello levantarnos de cualquier situación adversa, con todo el propósito firme de perseverar para obtener en Él la victoria que tanto anhelamos. Es Él el centro, no sus milagros. Dios nos libre de buscar sólo los dones y dejar en el olvido al Dador de esos dones.
Oh, Señor; hoy abro los oídos de mi corazón para escucharte decirme Talita Kumi; yo quiero levantarme y ser fuerte en Ti; contigo, ni siquiera la muerte tiene poder. Tuyo soy y tuyo quiero ser.
QUEDAOS CON DIOS!
 

 

lunes, 3 de febrero de 2014


“Los sacaré de vuestros sepulcros”. Por Iván Muvdi.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (5,1-20):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre, poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.

Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.»
Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.»

Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?»

Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos.»

Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte.

Los espíritus le rogaron: «Déjanos ir y meternos en los cerdos.»

Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país. Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.»

El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban. Palabra del Señor.

 Antes de iniciar con nuestra reflexión para el mensaje de la Liturgia de la Palabra correspondiente al día de hoy, debo, con mucha tristeza, precisar que son muchos, incluso sacerdotes y obispos que enseñan que el diablo o Satanás no existe; que es sencillamente una representación del mal, mas no un ser personal, angélico, que desde un principio se opuso a servir a Dios y que una vez caído en desgracia, al no poder nada contra Dios, la emprende contra el hombre, imagen y semejanza de Dios. Tengo, desde hace algún tiempo, la idea de presentarles un estudio teológico sobre el demonio, pero eso llevará tiempo. Por ahora, sólo quisiera precisar, que Satanás existe, que hace parte de la doctrina oficial de la Iglesia esta enseñanza y que negarla es una herejía, así quien lo haga sea sacerdote u obispo. Si no existiera este ser repugnante, la Iglesia no tendría Ritual de Exorcismo, ni exorcistas en cada diócesis, incluyendo la de Roma; es decir, que el Papa nombra a un exorcista para la Diócesis de Roma. Además de esto, la enseñanza eclesial sobre este ser aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica e incluso, el Papa Juan Pablo II, escribió un libro cuyo título es: “Jesucristo, vencedor de los demonios”. Algunos dicen que el mal que hay en el mundo es el diablo; además de ser incorrecto y herético, es peligroso este planteamiento porque también podría decirse que el bien que hay en el mundo es Dios y así se niega a Dios y al diablo. El mal moral y en muchos casos el mal físico es consecuencia de la acción de un ser personal cuyos sentimientos son perversos y cuya opción de oponerse a Dios es definitiva. No hay lugar para el arrepentimiento de este ser y de todos los otros ángeles que le siguieron.

 Hoy basaré mi reflexión sólo en el Evangelio del día. Marcos nos narra hoy el encuentro entre Jesús y el endemoniado de Gerasa. Llama mi atención lo siguiente:

 1. Vivía entre las tumbas: el pecado tiene, desafortunadamente, este efecto devastador. Cuando la persona convive con él, es decir, no se confiesa, no se interesa por combatirlo; éste nos somete a una esclavitud y nos lanza a un abismo en el que se llega a un estado en el cual ni siquiera, para pecar, debe mediar una tentación; se ha caído ya en la costumbre del pecado y en este estado nos asemejaríamos a este endemoniado que ya vivía en el cementerio a pesar de que físicamente aún pertenecía al mundo de los vivos.

2. Nadie tenía fuerzas para domarlo: dicen los padres espirituales que la constancia en el pecado que esclaviza causa el mismo efecto que el golpear reiteradamente un clavo y hundirlo cada vez más con cada golpe. Al final, será mucho más difícil poder sacarlo nuevamente. Por ejemplo, ¿cuántas madres, ni siquiera con sus lágrimas y sus súplicas logran sacar a su hijo de situaciones tan graves como la adicción a las drogas? ¿Cuántos no son los que hoy viven entre tumbas? Cuando la situación es tan grave, sólo el poder, la conmoción y las lágrimas del propio Dios son las únicas capaces de lograr tal milagro; así ocurrió cuando ya Lázaro, el amigo de Jesús, tenía cuatro días de muerto.

3. El endemoniado vino al encuentro de Jesús: saliendo de la literalidad de aquel suceso, quisiera que viéramos en este gesto lo siguiente: cuando hacemos el ejercicio de percatarnos de qué tan mal estamos, de hasta dónde nos ha llevado el pecado, podemos llegar a la certeza de que en tan grave estado sólo Jesús puede salvarnos. No quedaremos defraudados si anhelamos y hacemos lo posible por venir al encuentro de Aquel que siempre está en nuestra búsqueda, de Aquel que nunca nos ha dicho “buscadme en el vacío”.

4. Me llamo, Legión, porque somos muchos: Cuando se vive entregado al pecado, se abre en nuestro interior una puerta de acceso fácil y espacioso para que vengan a anidar en nosotros muchos otros vicios y pecados; y lo peor, terminamos dándole la espalda a Dios y acudiendo a muchas cosas que nos ocupen el tiempo y que nos llenen de mucho ruido para no darle cabida a la voz de Dios que no cesa de llamarnos.

5. Había cerca una gran piara de cerdos: la llamada Decápolis era considerada una zona de gentiles, de pecadores y este hecho nos lo confirma. Como seguramente saben, el cerdo es un animal considerado impuro para los judíos. Si estos judíos tenían cerdos con ellos o cerca de ellos, nos indica que vivían en medio de la impureza, del pecado. Hacia allí van los demonios una vez que Jesús los expulsa. Los padres del desierto siempre insisten en una cosa: “Si quieres evitar el pecado; evita las ocasiones de pecar”. Hay que evitar los ambientes que puedan con facilidad llevarnos a ofender a Dios, ya que allí será fácil caer.

6. Lo encontraron sentado, vestido y en juicio: el que antes vivía corriendo, desnudo y como loco entre tumbas, cadenas y cepos; ahora lo encuentran en paz y con su dignidad restituida. Sólo en Dios hallaremos paz, sólo Él es capaz de dar el orden que buscamos en nuestra historia personal; sólo hay que permitírselo, buscarlo y ser obedientes. Quien ponga su esperanza en Él, no quedará defraudado.

7. Los habitantes de Gerasa le pidieron a Jesús que se fuera: qué triste situación esta, que en muchos casos se repite una y otra vez. Al igual que Satanás, por el hecho de ser personas, es decir, de estar dotados de inteligencia y voluntad; podemos decidir acoger o rechazar a Dios. Estas personas decidieron que estaban mejor entre endemoniados y cerdos que con Jesús. Que Dios nos libre de tal estado. Por esto es importante perseverar en la oración, en la lectura asidua y contemplativa de la Palabra de Dios, en la recepción de los sacramentos (eucaristía y confesión principalemente) y en la práctica de la caridad fraterna.

8. Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que Dios ha hecho por ti: tenemos que ser conscientes de la obra de gracia, poder y amor que Dios realiza en nuestra persona, en nuestra historia; tenemos que ser testimonio para los demás empezando por aquellos que están más cerca de nosotros que son, en definitiva, las primeras víctimas de nuestro pecado que siempre termina afectando a los demás.

 Oh, Señor; que un día nos prometiste que nos sacarías de nuestras tumbas, que derramarías sobre nosotros un agua pura que nos purificaría de todas nuestras inmundicias; aquí estamos frente a Ti, llenos de todo el deseo de servirte, de amarte y honrarte como a nuestro Padre, nuestro Dios y Señor; sin embargo, pese a este deseo, nuestra fragilidad, nuestra vacilación en entregarnos a Ti de manera definitiva y radical, nos lleva al pecado y con ello al peligro de ser nuevamente esclavos de él y por ende de vivir entre tumbas. Ayúdanos, fortalece nuestra voluntad y reviste de pureza nuestras intenciones para que así, llenos de Ti, inflamados en amor por Ti, podamos vivir a cabalidad nuestros compromisos bautismales siendo auténticos testimonios de tu amor y de tu gracia en medio de este mundo que tanto te necesita.

QUEDAOS CON DIOS!
 



 

domingo, 2 de febrero de 2014


“Mis ojos han visto a tu Salvador”. Por Iván A. Muvdi Meza.


Lectura del libro de Malaquías (3,1-4):

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.» Palabra de Dios.

 Salmo Responsorial:

R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra. R/.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria. R/.

 
Lectura de la carta a los Hebreos (2,14-18):

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella. Palabra de Dios.

 Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. Palabra del Señor.

 En esta ocasión resaltaré tres ideas fundamentales que nos presentan las lecturas bíblicas para el día de hoy, la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo:

 La primera idea que quiero compartirles es que, la misma Escritura, nos dice que para saber si el oro es verdadero debe probarse en el fuego; es decir, el brillo de nuestra fe debe surgir del proceso del fuego que equivale a la prueba. Sin embargo, es un hecho, que nosotros solos, por nuestras propias fuerzas, no podemos lograr la meta de hacer que nuestra fe brille por encima de nuestras dificultades y de todo aquello que incluso nos lastima. Sólo aferrados a Él, no hay otro camino; sólo en Cristo que nos fortalece es posible mantenernos en pie a pesar de la violencia del viento y de las olas; aún si pareciera dormir sobre la popa de nuestra embarcación, pero estando Él allí, con nosotros, tenemos la certeza de que en cualquier momento se levantará para increpar al viento y al mar. Ahora bien, no es sólo la prueba, es su amor que viene en nuestro auxilio y que suple nuestras falencias; es su amor que lo impregna todo para que, lo que ofrezcamos al Padre, lleve la impronta de su Hijo y así sea de mayor agrado para Dios. Sólo por medio de Cristo, en el Espíritu Santo, podemos ofrendar a Dios como es debido, porque la ofrenda será la obra de Jesús en nosotros. No son nuestras cosas las que Dios busca, Él quiere nuestro corazón y a éste modelado según el ejemplo de Jesús, que es manso, humilde y misericordioso. Por eso el salmista en su momento clamó: ¡Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mis culpas!... ¡lávame y quedaré más blanco que la nieve! ¡Oh Dios, pon en mí un corazón limpio!... “Las ofrendas a Dios son un espíritu dolido”.

La segunda idea tiene que ver con tender la mano a los hijos de Abraham, no a los ángeles. A veces podríamos equivocadamente pensar que ya no hay amor y misericordia de parte de Dios para nosotros; sin embargo, la experiencia nos muestra que Él no se cansa de buscarnos, no cesa en su empeño  de salvarnos. Dios nos ama profundamente y por eso es Sumo Sacerdote COMPASIVO y FIEL que ha venido a expiar nuestros pecados. Con sus llagas busca sanar las nuestras, sobre sí cargó el peso de nuestros pecados y sus consecuencias al ser desgarrado en todo su cuerpo y al terminar muriendo en una cruz; despojado de sus vestiduras, incluso de su vida mortal, pero nunca de su amor por nosotros. Lo que puede suceder es que, a veces, en medio de nuestros afanes y de que todo tiende a convertirse en costumbre, olvidamos los beneficios que Dios nos ha otorgado en su Hijo; por eso es importante, que diariamente le expresemos a Dios con el salmista: ¡dame un espíritu nuevo y fiel! ¡Hazme sentir de nuevo el gozo de tu salvación!

Por último, Jesús ha conocido y padecido el dolor,  la angustia y ha vencido. Por eso Él es nuestro auxilio, es Él quien resplandece en nuestro horizonte, cuando abatidos levantamos los ojos y nos preguntamos, ¿de dónde vendrá nuestro auxilio?

“In hoc signo vincet”: con este signo vencerás. Cristo, su pascua, es el signo de nuestra victoria. Que sus enseñanzas sean nuestra bandera, para que así, cada vez que nos sintamos sin fuerzas, contemplemos su faz y le escuchemos decir: “Talita cum”: ¡a ti te digo, levántate!

 Quedaos con Dios.