“No es lo mismo ser sabios según el mundo,
que sabios según Dios”. Por Iván
Muvdi.
SALOMÓN PIDE SABIDURÍA A DIOS.
Lectura del primer libro de los Reyes (3,4-15):
En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí
estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos.
En Gabaón el Señor se apareció en
sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.»
Respondió Salomón: «Tú le hiciste
una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con
lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa,
dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien,
Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el
trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra
en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu
siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del
bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»
Al Señor le agradó que Salomón
hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber
pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que
pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy
un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después
de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las
de rey alguno.»
PALABRA DE DIOS.
R/. Enséñame,
Señor, tus leyes
¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras. R/.
Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe
de tus mandamientos. R/.
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. R/.
Bendito eres, Señor,
enséñame tus leyes. R/.
Mis labios van enumerando
los mandamientos de tu boca. R/.
Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.
¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras. R/.
Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe
de tus mandamientos. R/.
En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. R/.
Bendito eres, Señor,
enséñame tus leyes. R/.
Mis labios van enumerando
los mandamientos de tu boca. R/.
Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.
En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»
Porque eran tantos los que iban y
venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio
tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces
de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les
adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos,
porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. PALABRA DEL SEÑOR.
Las lecturas de estos días nos han venido presentando el final del reinado
de David y ya inicia con el de su sucesor, Salomón.
En la primera lectura, se nos narra que Salomón fue a Gabaón a ofrecer
sacrificios al Señor. Pese a sus pecados, David fue el rey que mejor sirvió a
Dios y a su pueblo; Salomón quiere estar a la altura de la responsabilidad que
ha recibido.
Viéndole Dios en su intención de servirlo; se le aparece y le da la opción
de pedirle lo que quiera. Ya veíamos algo similar en la liturgia de ayer,
cuando Herodes, le dice a su sobrina que le pidiera lo que ella quisiera, hasta
la mitad de su reino, a cambio de que bailara para él. Terminó esta oferta en
la decapitación del profeta Juan, el bautista. Lo que surge del pecado, termina
en un pecado peor; pero lo que surge del amor, termina en una bendición mayor.
Dios tiene el poder para darnos mucho más de lo que pudiéramos imaginar; sin
embargo, la misma Escritura nos dice que nosotros no sabemos orar y que por
ello el Espíritu viene en nuestro auxilio.
¿Qué pasaría si Dios nos dijera que le pidiéramos lo que quisiéramos? ¿Qué
le pediríamos?
Salomón tenía en este momento su corazón en sintonía con su deseo de
servir bien tanto a Dios como a su pueblo; por ello, la petición que eleva al
Señor es capaz de cautivar el corazón de Dios, que nunca se deja ganar en
generosidad. Si nosotros somos generosos, Él lo es aún más.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final, termina
perdiendo su alma? Hay que aspirar a los bienes más altos y las demás
bendiciones vendrán por añadidura. Fuimos creados por Dios y para Dios y
conforme a ello debemos vivir nuestras vidas. Ante tantos peligros, ante tantos
ataques de este mundo vacío, materialista, hedonista, promiscuo; que insiste en
vivir de espaldas a Dios; que ya cumple lo anunciado con relación a que se
llamará malo a lo bueno y bueno a lo malo; creo que es importante pedirle a
Dios cada día el don de discernimiento para poder descubrir siempre, en cada
situación y en cada cosa, lo esencial, lo que convenga a nuestra salvación.
Siempre me ha encantado el salmo que dice: “Señor, enséñanos a calcular nuestros
años para que adquiramos un corazón sensato”. Ciertamente, nuestra vida mortal
es un soplo que pasa. Así que, aunque vivimos en este mundo, nuestra mirada
siempre debe dirigirse hacia el horizonte del cielo.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser sabios. La palabra sabiduría,
proviene del vocablo latino “sapere”, lo cual tiene que ver con el sabor. El
sentido del gusto es lo que nos ayuda a distinguir entre los alimentos nocivos
de aquellos que no lo son. Pero este sentido puede atrofiarse y qué estado tan
lamentable tendría aquel a quien esto le sucediera. Hay muchos que han vivido
tanto tiempo entre las tumbas, como el endemoniado de Gerasa, que ya no
distinguen entre lo que es pecado y lo que no lo es; están tan anclados al mal,
que ya ni siquiera hace falta ser tentados para pecar. Si la sabiduría tiene
que ver con el gusto, entonces tratemos de entender y de vivir lo siguiente: “gustad
y ved qué bueno es el Señor”. Hay que gustar a Dios, verlo en cada
circunstancia de nuestra cotidianidad, y saborear sus dulzuras. Si le hemos
gustado, nuestro gusto ya no querrá otra cosa distinta. “Todo el mundo sirve
primero el mejor vino… tú has guardado lo mejor para el final”. Ante un sentido
del gusto bien agudizado, fácilmente caen las imitaciones, ya no nos dejaremos
engañar cuando el mundo pretenda orientarnos hacia una felicidad artificial,
pues todo lo que el mundo ofrece es apariencia, es efímero, es esfuma como el
humo; pero lo que Dios ofrece es firme como la roca inconmovible y permanece
para siempre.
Sabemos que siempre, la primera lectura se conecta con el evangelio,
siempre tienen, ambas lecturas un hilo conductor. El salmo, por su parte, es la
respuesta orante de quien ha recibido, como buen terreno, el anuncio del
mensaje contenido en la primera lectura; en este caso, con claridad nos indica
cuál es el camino para ser sabios y no es otro que, cumplir los mandamientos de
Dios; por eso el salmista canta: “Señor, enséñame tus leyes”.
En este caso, ¿cuál sería la conexión entre las lecturas? ¿Qué hay en el
Evangelio de hoy, tomado del capítulo 6 de San Marcos que siga la línea de lo
que hemos venido reflexionando?
Lo que el Señor me inspira en este momento tiene que ver con “tener calma”.
Se menciona dos veces en la narración; primero, cuando Jesús lleva a los
apóstoles a un lugar apartado, a un sitio tranquilo a descansar. Y al final de
la narración, cuando se nos dice que Jesús enseñaba a la multitud con calma.
En principio, la calma podríamos entenderla como la cesación de todo
movimiento; sin embargo, considero que no aplica de esta manera el concepto, porque
Dios siempre actúa. “Mi Padre siempre ha trabajado y Yo también trabajo”. (Jn
5, 17). A mi modo de ver, la clave está en el principio de la narración del
Evangelio de hoy: “los apóstoles han regresado, llenos de euforia, sorprendidos
por todo lo que habían podido hacer en nombre de Jesús; imaginémoslo por un
instante: expulsar demonios, curar todo tipo de enfermedades; constatar el
poder de la Palabra, las numerosas conversiones; etc. Todo esto, estando Jesús
a la distancia, pues el Evangelio indica que los apóstoles volvieron a reunirse
con Jesús. Jesús sabe perfectamente, que sus apóstoles vivirán la traumática experiencia
de la cruz. Esta euforia, puede llevarles fácilmente al error haciéndoles creer
que la misión de la evangelización, que seguir las huellas de las pisadas de
Dios, es algo fácil y cómodo. Jesús los lleva a la calma, a la moderación, los
va, poco a poco, aterrizándolos a la realidad. Lo veíamos también en el
evangelio de estos días, cuando Jesús, apenas los enviaba: “si alguien no los
recibe, sacudan el polvo de sus sandalias”. No siempre serán bien recibidos;
también serán echados, apedreados, perseguidos y asesinados, como lo
constatarían más tarde. La calma tiene que ver con la tranquilidad de saber que
uno es el que siembra y otro el que recoge; que la Palabra de Dios, de alguna
manera empapa toda la tierra y no regresa sin dar frutos; pero éstos, no
siempre serán inmediatos, pueden tardar mucho, e incluso, puede que sea otro el
que recoja lo que nosotros sembramos. Lo importante es saber a quién servimos,
para quién es nuestro servicio, sea valorado o no por los hombres, siempre será
valorado por Dios y siempre, a cambio (no porque sea eso lo que busquemos)
recibiremos una bendición abundante, pues como les he insistido, Dios nunca se
deja ganar en generosidad. Nuestro sitio seguro, nuestro lugar de delicados
pastos y de tranquilas y límpidas aguas debemos encontrarlo siempre en el
Corazón de Cristo, nuestro Pastor. El triunfo en este mundo no es lo que debe
motivarnos, pues el voluble, como voluble es el mundo. Lo importante es vivir
en Dios y para Dios pues como nos dice el salmista: “si el Señor no construye
la casa, en vano se cansan los albañiles”.
Oh, mi Señor y Dios; te entrego mi corazón, para que aún en medio de las
grandes tormentas, yo pueda encontrar refugio en Ti y permanecer en calma, en
paz, siempre contigo; sin el afán de los reconocimientos humanos. Que mi
referente sea siempre hacer la voluntad que Tú expresas en los Mandamientos y
en tu Palabra, que se ha hecho carne para habitar en nosotros y con nosotros.
Concédenos ser sabios, es decir, poder gustarte en cada instante de nuestra
vida, para que vivamos siempre con la certeza de que jamás encontraremos algo
mejor que Tú. Tuyo soy, Señor, y tuyo quiero ser.
Quedaos con Dios!
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