martes, 14 de enero de 2014


“Desde LO PROFUNDO DE MI CORAZÓN, a Ti clamo, oh Señor. Por Iván Muvdi.



Lectura del primer libro de Samuel (1,9-20):

En aquellos días, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto a la puerta del templo, Ana se levantó y, con el alma llena de amargura, se puso a rezar al Señor, llorando a todo llorar.
Y añadió esta promesa: «Señor de los ejércitos, si te fijas en la humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu sierva y le das a tu sierva un hijo varón, se lo entrego al Señor de por vida, y no pasará la navaja por su cabeza.»

Mientras ella rezaba y rezaba al Señor, Elí observaba sus labios. Y, como Ana hablaba para sí, y no se oía su voz aunque movía los labios, Elí la creyó borracha y le dijo: «¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? A ver si se te pasa el efecto del vino.»

Ana respondió: «No es así, Señor. Soy una mujer que sufre. No he bebido vino ni licor, estaba desahogándome ante el Señor. No creas que esta sierva tuya es una descarada; si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción.»

Entonces Elí le dijo: «Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.»

Ana respondió: «Que puedas favorecer siempre a esta sierva tuya.»

Luego se fue por su camino, comió, y no parecía la de antes. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a su casa de Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella.
Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: «Al Señor se lo pedí.» Palabra de Dios.

 Salmo Responsorial:

 R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador.

Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación. R/.

Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. R/.

El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.R/.

Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. R/.

 Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: « ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: « ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»

Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.


Palabra del Señor

 

Mis muy amados hermanos, quisiera en primer lugar, tomar como base para nuestra reflexión de hoy la siguiente frase:

·      Ana se levantó y, con el alma llena de amargura, se puso a orar y mientras lo hacía lloraba, se desahogaba frente a Dios…

El sufrimiento hace parte de la realidad, ninguno de nosotros puede escapar de su campo de acción, es una pieza de nuestra existencia. El dolor puede llevarnos hacia muchas actitudes o acciones equívocas; hoy Ana, nos muestra cuál es el camino que hemos de tomar: “colocarnos en la presencia de Dios”. El apóstol Pedro nos dirá: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque Él se interesa por vosotros”. (1 Pe 5, 7).

Es importante que la fe y la confianza en el amor y el poder de Dios nos lleven a doblar nuestras rodillas frente a ÉL. Nuestras súplicas no quedarán sin respuesta aunque esta venga en el tiempo de Dios y no en el nuestro.

Mientras pienso en esto, me acuerdo de uno de los salmos que siempre ha capturado mi corazón, me refiero al “De Profundis”, o Salmo 130 (129). “Desde lo profundo del abismo a ti clamo, oh Señor.

¡Escucha, Señor, mi voz! ¡Atiendan tus oídos mi grito suplicante!

De lo profundo de su tribulación clama el salmista a Dios, seguro de alcanzar la misericordia de Yahvé.

Queremos presentar a Dios todos los recovecos de nuestra realidad, para que él los mire con ojos de misericordia. El perdón define la actitud fundamental de Dios con nosotros. Por esto, esperamos en él, a pesar de nuestros incontables pecados.

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. Lejos de sentirse el salmista alejado de su Dios, toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza.

No se trata de exigir bajo la premisa de merecer algo; se trata de reconocer con humildad nuestros pecados y por ende contemplar la magnificencia e infinitud del amor y la misericordia de Dios que, pese a ellos, nos escucha y nos concede mucho más de lo que le pedimos. Por eso, Ana se dirigirá al señor en los siguientes términos: “si te fijas en la humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu sierva y le das a tu sierva un hijo varón, se lo entrego al Señor de por vida, y no pasará la navaja por su cabeza”. Fíjense bien, que se dirige a Dios en un tono humilde y no exigente y además con el firme propósito de ofrendar su vida, y en este caso, la de su hijo, a Dios como muestra de agradecimiento por los favores recibidos.

No pasar la navaja por la cabeza es sinónimo de consagración. Qué hermoso sería que quienes leen este escrito y ostentan la preciosa calidad de ser padres o madres de familia se preocupen por ser auténticos testimonios del Evangelio para sus hijos, para que ellos, por el ejemplo que nosotros les demos decidan también consagrarse al amor y servicio de Dios.

·      El sacerdote Elí le dijo a Ana: “Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”.

Aquí vemos una de las hermosas misiones que tiene la Iglesia y es la de interceder por nosotros. La Iglesia, auténtico cuerpo místico de Cristo ora en nosotros y por nosotros. Cristo como cabeza de ese cuerpo, como Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza clama por nosotros. Esto debe ser suficiente para animar nuestra confianza. Dios nos ama, mis queridos hermanos, y así como nosotros clamamos a Él desde lo profundo de nuestro ser; Él, desde lo profundo de su ser nos promete y nos ofrece amor eterno. Por esto, nuestro corazón desbordado en el gozo de saberse amado une sus latidos al salmista para decirle a Dios con el Salmo Responsorial de la liturgia de hoy: “Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador.” Sí, mi Señor, no me cabe en el pecho cada vez que me doy la oportunidad de sentirte cerca, pues Tú, nunca nos abandonas. Que esto nos anime, hermanos, por muy difícil que sea lo que ahora vivimos: “Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria”.

En el Evangelio se resalta el asombro de los oyentes de Jesús por la novedad con la que les habla, especialmente, por la autoridad con la que lo hace. Podríamos decir muchas cosas sobre esto, pero hoy, sólo destacaré dos aspectos, a saber:

·      En muchas ocasiones, Jesús al predicar decía: “sabéis que se os dijo en el antiguo, pero YO os digo”…  Con frases como estas, Jesús, se coloca al mismo nivel del Legislador: Dios; por eso, sus oyentes se asombran, además esa autoridad la confirman los hechos portentosos que le acompañan.

·      En la narración de hoy, se nos muestra a un Jesús que ordena a un espíritu inmundo a salir de un poseso. Mis queridos hermanos, Cristo ha vencido, tiene poder sobre la muerte, sobre el sufrimiento, sobre la enfermedad, sobre los demonios. Tiene la autoridad moral para enseñar y antes de pedirnos algo, siempre es Él el primero en dar ejemplo.

Abrámosle nuestro corazón, no demos cabida al miedo… Oh Señor, desde lo profundo de mi corazón clamo a Ti; no tengas en cuenta mis pecados. Fortalece mi voluntad para decidirrme siempre por aquello que te agrada y para rechazar aquello que te ofende. Te entrego mis sueños, mis metas, mis proyectos de vida, mi vida entera; mira lo que hoy me aflige y sé Tú quien te glorifiques en mi historia personal, familiar y comunitaria. Contigo venceré y saldré del abismo desde donde hoy te clamo.

Que no haya ni el más mínimo vestigio de oscuridad en mi interior, que el nuevo sol que nos has traído desde lo alto me ilumine y me conceda vivir de aquí hasta la eternidad inmerso en el resplandor del medio día; que mi corazón arda como antorcha y se consuma en tu amor para que pueda exclamar como San Pablo: “Ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí”.

QUEDAOS SIEMPRE CON DIOS!









lunes, 13 de enero de 2014


“Por ti, Señor, vale la pena dejarlo todo”. Por Iván Muvdi.

Comienzo del primer libro de Samuel (1,1-8): 

Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Fenina; Fenina tenía hijos, y Ana no los tenía. Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo, para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés. Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Fenina para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ración; y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba, ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril. Así hacía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así.
Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?» Palabra de Dios.

 Sal 115,12.13.14.17.18.19

 R/. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

 ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre. R/.
 Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor. R/.
 Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R/.

 Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él. Palabra del Señor.
En la primera lectura, la Escritura nos habla sobre la situación de Ana, esposa de Elcaná, quien lloraba y no comía debido a que no había podido ser madre por causa de una esterilidad. Debemos recordar que Israel se levantó bajo la bendición de Dios que prometió a Abraham una descendencia sin límites y en la esperanza del advenimiento del Mesías, el cual, nacería de una mujer judía; por esta razón, ser estéril, representaba estar bajo maldición, representaba el no poder nunca tener la bendición de ser madre del mesías, situación con la que soñaría cualquier mujer israelita. Además de esto, era motivo de sufrimiento la burla que Ana tenía que soportar por parte de la otra mujer de Elcaná, quien ya le había dado  a su marido dos hijos.

Llama la atención la frase: “el Señor la había hecho estéril”. En reiteradas ocasiones he insistido en que no es posible esperar de Dios algún mal. Incluso, podrán encontrar en el archivo de este blog un escrito fechado el 19 de diciembre de 2013 donde la reflexión se basó en los casos de la mujer de Manoa (mujer estéril que luego dará a luz a Sansón) e Isabel, prima de María (mujer de Zacarías, que por su esterilidad no podía ser madre, ya había llegado a la ancianidad y Dios le concedió ser madre de Juan el Bautista). Esta frase se debe a la concepción veterotestamentaria de que tanto los bienes como los males provenían directamente de Dios y que el recibir los unos o los otros dependían de nuestra conducta; ustedes recordarán a Job, cuya paciencia se resalta hasta hoy; “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó”; “si he recibido de Dios los bienes, ¿por qué no aceptaré sus males? Después de la experiencia de Jesús tenemos, por lo menos, que tener la certeza en dos cosas que tienen relación directa con este asunto:

1.   De Dios lo hemos recibido todo, incluso nos entregó a su Hijo y todo ello se debe a su amor infinito por la humanidad y a su gratuidad, no porque lo merezcamos o nos lo hayamos ganado. “Alabado sea el Señor y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en Cristo nos ha bendecido en los cielos con toda clase de bendiciones espirituales. Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos y sin defecto en su presencia. Por su amor, nos había destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, hacia el cual nos ordenó, según la determinación bondadosa de su voluntad”. (Ef 1, 3-5).

2.   De las cosas malas que puedan ocurrirnos y que se derivan de un proceder equivocado, de nuestra fragilidad, del hecho de faltar al deber objetivo de cuidado, a nuestra irresponsabilidad o a la de terceros, y en definitiva de nuestra condición de pecadores, Dios, por su bondad y amor infinito lo orienta todo hacia sí haciendo de nuestra vivencia personal una verdadera historia de la Salvación: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de        quienes lo aman, a los cuales Él ha llamado de acuerdo con su propósito”. (Ro 8, 28).

 Teniendo claro lo anterior quisiera compartirles lo siguiente:

 Aunque el texto de hoy no lo menciona, podemos deducir por el encuentro de Ana y el sacerdote Elí en el Santuario, que ante la situación adversa, Ana, eligió el mejor camino, el cual fue, colocarse en manos de Dios que es la plenitud del amor. La misma Escritura nos recalca que la oración de Ana era prolongada. Y Dios respondió, Él no se queda inmóvil o inconmovible ante nuestras lágrimas.

Muchas veces permitimos que las situaciones dañinas o adversas causen estragos en nosotros porque fijamos nuestros ojos en el daño que recibimos, en el sufrimiento que padecemos o en la injusticia de una situación; sin embargo, aunque esto es humano y por ende normal, un auténtico cristiano está llamado a ser extraordinario en la medida en que se entrega completamente a Dios en la certeza de que sus ruegos serán escuchados y lo mira todo desde la óptica de la fe, inmerso en la confianza en Aquel que no defrauda y que es omnipotente. Entonces, al igual que Ana, pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de retirar nuestros ojos de la adversidad y fijarlos en Él, en espera de que abra sus manos y nos sacie con sus bienes.

El otro aspecto que nos muestra la primera lectura es precisamente este, saber esperar, es muy difícil poder hacerlo cuando nos desesperamos, pero es precisamente la constancia en el tiempo lo que reafirma nuestra convicción en Dios. Dice un dicho popular que quien espera y espera, desespera. Sin embargo, esto no aplica en el ámbito de la fe, pues quien espera en Dios no quedará defraudado. Oh, mi Señor y mi Dios, ¿cuántas veces has actuado en mi historia personal y ni siquiera me he dado cuenta? Concédeme la gracia de ser auténtico testigo de tu obra en mi vida y no un mero espectador inadvertido.

 El Salmo responsorial es la respuesta orante de un corazón que ha sido testigo de lo que Dios ha hecho. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Pues el mismo salmista nos responde en dos sentidos:

1.   Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

2.   Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.

El diccionario nos dice que la alabanza es un reconocimiento de los méritos o cualidades de una persona o de una cosa mediante expresiones o discursos favorables. Por ende, alabar a Dios es resaltar de manera especial sus atributos, en este caso, su amor, su misericordia y su providencia infinita. La única forma de hacerlo, es gozándonos en su amor, sintiéndonos realmente hijos suyos y amados por Él como tales; ser conscientes de que a pesar de nuestras falencias y pecados Él permanece allí, fiel, comprensivo y compasivo para nosotros. Reflexionar y darnos cuenta de que todo lo que recibimos proviene de su generosidad y bondad y no sólo de nuestro esfuerzo: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. (Sal 126).

Con relación al salmo, quiero por último insistir nuevamente en la importancia de dar testimonio de la obra y de las maravillas que constantemente Dios hace en nuestro favor. Dicen que algo que caracteriza al cristiano es precisamente la alegría, el gozo que le produce, no sólo el saberse amado, sino el sentirse amado. Un cristiano amargado no es un buen testimonio.

 El Evangelio de hoy nos trae el eco que ha resonado a lo largo de todos los tiempos del llamado de Dios a hacer parte de su Reino que ha inaugurado Cristo. El llamado es universal, y es radical;  y en este último sentido deberá ser nuestra respuesta. No hay términos medios.

Es posible que muchos sientan miedo precisamente ante la exigencia de tal llamado que implica dejarlo todo. Algunos porque piensan que hay que dejar lo material. No es así, lo que sí hay que evitar es servir a las riquezas, entregarles nuestro corazón y medirlo todo y a todos en razón del dinero.

Otros temen a este compromiso, porque sí han comprendido realmente que, dejarlo todo, implica dejar la impureza, dejar el orgullo, la prepotencia, la mentira, las mañas en los tratos con el otro, el dinero fácil, la infidelidad, el placer egoísta, hedonista y deshumanizado; implica asumir las consecuencias de nuestras faltas, así el hacerlo nos perjudique, etc. Para muchos es más fácil darle la espalda a Dios y permanecer con aquella relación extramatrimonial; con la explotación y trato injusto de aquellos trabajadores, etc.

Se ha cumplido el plazo, ha llegado la hora de que a través de nuestro comportamiento lo que se vea a distancia sea la esfinge del rostro de Cristo, de su amor, de su servicio y no la maldad y la injusticia que nos rodea. Que se note que el Reino de Dios ya está entre nosotros y sobre todo, que ya está EN NOSOTROS.

 Ahora que te he encontrado, mi Señor y mi Dios; no quiero dejarte, no quiero perderte.

Como los discípulos de Emaús te suplico con todo mi corazón: “quédate, Señor, que la tarde está cayendo ya” y Tú no sólo te quedaste con ellos, sino que siempre nos concedes un don mayor: decidiste quedarte en ellos, en la fracción del pan.

Oh mi Señor, quédate en mí, para que mis hermanos te encuentren en mí, en mi proceder, en mi hablar, en mi mirar.

Concédeme la gracia de dejar atrás todo aquello que pueda separarme de Ti y de acoger sólo aquello que me una más a Ti. Tuyo soy, Señor y tuyo quiero ser.


Quedaos siempre con Dios! A Él la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos.
 

 

 

 

 

sábado, 11 de enero de 2014


Señor, si quieres, puedes limpiarme. Por Iván Muvdi. (La sanación de un leproso):

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,5-13):

 ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo. Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios. Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio. Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna. Palabra de Dios.

Sal 147,12-13.14-15.19-20

R/.
Glorifica al Señor, Jerusalén

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,12-16):

 Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.»
Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.
Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.»
Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

Palabra del Señor .


Mis queridos hermanos, quisiera iniciar nuestra reflexión resaltando dos ideas del escrito que nos presenta San Juan en su primera carta:

 1. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.

En el vocabulario de san Juan sabemos que el término "mundo" significa: «al hombre encerrado en sí mismo y tentado de construirse y salvarse por sus propias fuerzas». De hecho, el verdadero cristiano ha vencido esa tentación: no vive replegado en sí mismo, sino abierto a Dios... ha vencido la ridícula y vana tentativa de querer «divinizarse» por sí mismo y deja el éxito de toda su vida en las manos de Dios.

En el mundo que nos rodea, en nuestro entorno personal y comunitario, se libra una batalla sin precedentes; debido a ello y a las consecuencias de nuestros pecados, están presentes en nuestro mundo: el egoísmo, la injusticia, el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. San Pablo, en su carta a los Efesios nos lo reafirmará cuando nos escribe: “porque no estamos luchando contra poderes humanos, sino contra malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea. (Ef 6, 12).

San Juan nos da la clave para que podamos vencer y no es otra que Cristo mismo; nuestra fe en Él, pues nos dice el apóstol que quien vence es el que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Por medio de la fe, el hombre responde a Dios que viene a su encuentro; la fe nos permite que con confianza nos coloquemos en las manos de nuestro Dios y Señor, porque ella nos da la certeza de que con Él todo será mejor, todo será para nuestro bien.

Ahora bien, el apóstol Juan no sólo nos presenta a Cristo como aquel que nos da la victoria, sino que además nos dice que ha venido con agua y con sangre.

El agua, signo de vida y purificación, necesariamente nos indica el bautismo; y la sangre, (signo de entrega total, de testimonio máximo, de martirio (bautismo de sangre), nos indica el sacrificio redentor de Cristo.

Nuestro Dios y Señor, por medio del bautismo, nos ha hecho su posesión, nos ha marcado con su sello indeleble y nos ha revestido con su gracia para ser “otros Cristo” (alter christus), llevando su testimonio de amor en nosotros. Es menester pedir a Dios nos conceda la gracia de vivir nuestros compromisos bautismales con fidelidad y con un amor que cada día se acrecienta y se renueva para ser mejor.

Jesús mismo nos dirá en el Evangelio de Juan: “En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor, Yo he vencido al mundo”. No se trata sólo de advertirnos sobre el mal que causa nuestro sufrimiento, sino que antes de esta advertencia, nos dice: “les digo esto para que encuentren paz en su unión conmigo”. (Jn 16,33). ÉL ES QUIEN HA VENCIDO Y SÓLO EN ÉL NOSOTROS VENCEREMOS.

 

2. El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio.

Sólo puede dar testimonio aquel que es testigo; como nos lo dice nuestro Señor: “nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera darlo a conocer”. Jesús es el testigo por excelencia, porque Él es el logos (o conocimiento) del Padre; por eso su testimonio es verdadero y digno de toda confianza. Sin embargo, a manera de comparación, yo quisiera referirme a las antiguas piedras de testimonio. Cada vez que un hombre de Dios recibía un beneficio de Éste, lo primero que hacía era construir un altar o colocar una “piedra de testimonio”; que podía ser una gran piedra que recordara los beneficios recibidos o la experiencia vivida, o un cúmulo amontonado de piedras que serviría sobre todo para las generaciones futuras.

Todos los que hoy vamos tras los pasos e Jesús, lo hacemos, pienso yo, no por costumbre; sino porque hemos vivido una experiencia de fe que nos da la certeza de que servimos y somos amados por un Dios verdadero, un Dios vivo, un Dios persona; no una fuerza, no una luz, no algo producto de la credulidad de alguien. Dios es una realidad y lo es en nuestras vidas. Pienso, que el mismo Dios, con su amor infinito, con  el gesto inigualable de darnos a su Hijo, por habernos hecho morada de su Espíritu, ha erigido sobre nuestro corazón a Cristo, su amado Unigénito, como roca perpetua, inconmovible, como nuestro más alto refugio, como nuestra fortaleza que nos resguarda, como nuestro sol y nuestro escudo. En Él, mis muy amados hermanos, VENCEREMOS. Como alguna vez dijo Francisco de Asís: “En el mar, las olas se elevan como grandes montañas; pero al final, en la playa, terminan siendo espuma”. En Dios venceremos, no importa cuán grande ante nuestros ojos se presenten los problemas, VENCEREMOS, porque Él ya ha vencido por nosotros.

San Pablo, en la citada Carta a los Efesios, nos dice de qué consta la armadura que Dios nos ha dado en su Hijo para vencer: (Ef 6, 14-18).

·      Revestirnos de la Verdad.

·      Protegernos con la rectitud.

·      Anunciar el mensaje de la paz.

·      Toma la fe como nuestro escudo para resistir las flechas que nos lanza el maligno.

·      Que la certeza de la salvación sea nuestro casco.

·      Que sostengamos la espada de la Palabra de Dios.

·      No dejar de orar.

·      Mantenernos alerta, sin desanimarnos.

 

Si quieres puedes limpiarme…

 

Para ser auténticos testigos de la victoria de Dios en nosotros, es necesario despojarnos del hombre viejo; dejar atrás todo aquello que desdice de nuestro ser cristiano y dejarnos impetrar por Jesús; que sea Él quien se manifieste a los demás a través de nosotros “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. (Gal 2,20). Pero antes de terminar en la frase que acabo de citar, primero nos dice Pablo, “con Cristo he sido crucificado”. Entonces, hermanos, la victoria que inicia en este mundo concluirá en el momento en que Dios lo sea todo en todos, en el momento en que sea una realidad para nosotros aquello que Dios ha preparado para los que lo aman. Cosas que nadie ha visto ni oído y ni siquiera pensado. (1 Co 2,9). Sin embargo, ello no implica que ahora, mientras vivimos en este mundo, Dios, de manera mágica nos evitará el sufrimiento. “Pare de sufrir” no es lo que Dios nos ofrece, por el contrario, tomar la cruz de cada día y seguirle.

 

Señor, Jesús; hoy me acerco a Ti como una vez lo hizo el leproso del cual nos habla la Escritura el día de hoy; vengo ante ti cubierto por las llegas de mi pecado, de mi orgullo. He sido lacerado por el deseo de huir del sufrimiento cuando Tú mismo, por amor, permaneciste en la cruz y aún faltándote el aire, no dejaste de darnos el testimonio de tu amor en cada palabra y en cada frase para que se cumplieran las Escrituras.

Me coloco a tus pies y con humildad, con amor, te abro mi corazón y desde lo más profundo de mi alma te imploro: “Señor, si quieres, puedes sanarme de mi enfermedad”; de mi orgullo, de mis vacilaciones en la fe, en la confianza y en el amor. Sáname de todo aquello que impida en mí el triunfo de tu gracia, libérame de todo aquello que me separe de Ti; para que lleno de Ti, pueda llevarte hasta mis hermanos y para que sea una realidad en mí la oración de tu siervo Francisco de Asís: “Hazme un instrumento de tu paz, haz que donde haya odio, lleve yo el amor, donde haya injurias, lleve yo el perdón; donde haya dudas lleve yo la fe, donde haya oscuridad lleve yo la luz, donde haya desaliento lleve yo la esperanza; donde tú no estés te lleve yo a Ti. Que no pierda más tiempo, Señor, fui creado por ti y para ti; no hay otro camino por el cual pueda cantar victoria sino es en el camino del amor, de la entrega total y radical a Ti y a tu servicio. Tuyo soy y tuyo quiero ser.

Quedaos siempre con Dios!
 






























 

















viernes, 10 de enero de 2014


“HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÁIS DE ESCUCHAR”. Por Iván Muvdi.



Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,19–5,4):

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él, En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no, son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Palabra de Dios.

 

Salmo Responsorial: 71,1-2.14.15bc.17

R/.
Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

Él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.
Que recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día. R/.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

 

Lectura del santo evangelio según San Lucas (4,14-22a):

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él.

Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Palabra del Señor.

 R E F L E X I Ó N :
 
La liturgia sinagogal del sábado se basaba en dos lecturas, a saber: La primera, sacada de la Ley (Pentateuco), era leída y comentada por un "doctor de la Ley"; la segunda, de origen más tardío, tenía que ser extraída de los profetas y podía ser leída y comentada por cualquiera que tuviese al menos treinta años. Jesús tiene treinta años y reivindica el derecho de leer y comentar esta segunda lectura.

Cristo (según San Lucas) parece haber detenido intencionadamente su lectura en el momento en que la profecía de Is 61 anunciaba "un año de gracia". Pasa en silencio el versículo siguiente, que anunciaba el juicio de las naciones: "y un día de venganza para nuestro Dios" (Is 61, 2), para insistir exclusivamente, sin duda, en la gracia de Dios. Estas palabras de gracia provocan el asombro de la asamblea (v. 22) y son el origen de los incidentes narrados en los vv. 25-30. Precisamente para reforzar la idea de que su misión, toda, es de gracia y no de condenación, Cristo (o Lucas) ha añadido dentro de la cita de Is 61, 1-2 un versículo, tomado de Is 58, 6, sobre la libertad ofrecida a los prisioneros.

Cristo define de una vez su misión como una proclamación del amor gratuito de Dios a todo hombre. Tal revelación sólo podía producir escándalo a los judíos que esperaban la escatología con todo el ardor que el odio a los paganos podía producirles.

Aunque esta semana, no he podido escribirles con la frecuencia diaria con la que lo había venido haciendo, sí alcancé, a indicarles, al principio de la misma, que esta era una semana cargada de signos. Hoy tenemos una epifanía de Cristo; “hoy se ha cumplido esta escritura frente a vosotros”; Jesús mismo es el signo, a pesar de que, quienes le habían conocido lo veían como una persona corriente; ése que vivió sometido a la ley y a sus padres; que en el silencio de los años crecía en gracia delante de Dios y de los hombres; ése mismo viene ahora a manifestarse como el signo pleno del amor y la misericordia del Padre. “Cristo confiere a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina un significado definitivo. No solo habla de ella y la explica con el uso de semejanzas y de parábolas, sino que, sobretodo, Él mismo la encarna y la personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia” (Dives in Misericordie, N.2). La encarnación del Verbo es no solo obra de la caridad de Dios (Jn3,16), sino también máxima revelación de la misericordia divina que se ha personificado.

Jesucristo, el Unigénito que está en el seno del Padre (Jn 1,18), imagen visible de Dios invisible (Col 1,15), es en su persona, en sus palabras, en sus acciones, en sus actitudes el rostro misericordioso del Padre que es “rico en misericordia” (Ef 2,4). Toda su vida, desde el nacimiento hasta la resurrección, es la narración más completa de la misericordia de la Santísima Trinidad. Él ve, habla, actúa, cura, movido por la piedad y la misericordia hacia los innumerables necesitados, desheredados, y enfermos de toda clase y lugar que acuden a Él. A los discípulos de Juan, que le preguntan si Él era el Mesías, Jesús responde refiriéndose a las obras de misericordia: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. (Lc 7,22).

El misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús es el vértice de la revelación de la misericordia divina: es el ofrecimiento del Hijo al Padre misericordioso en el abrazo de amor del Espíritu Santo. Por amor, el Padre envía a su Hijo al mundo. Por amor, Cristo se ofrece al Padre por la redención de la humanidad pecadora: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Y por amor, Cristo resucitado, dona a su Iglesia, junto con el Padre, al Espíritu Santo. El último gesto de Cristo resucitado fue entregar a sus discípulos el poder divino de perdonar los pecados. Creer en Dios es creer en la misericordia, y el “Cristo pascual” es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente, histórico – salvífico y al mismo tiempo escatológico.

El signo que hoy la liturgia nos ofrece es el amor de Dios hecho carne y sangre en su Hijo Jesús, nuestro Señor. Sus tejidos humanos, son producto del bordado de amor del Padre a favor de nuestro rescate.

Mis queridos hermanos, ¿Cuántas dificultades nos ha tocado atravesar? Es importante sumergir nuestra alma y nuestro corazón en el hoy de Dios; hoy ha llegado la salvación a nosotros, hoy mis queridos hermanos Cristo se ofrece al Padre a favor nuestro, hoy ha venido a liberarnos, hoy nos acompaña, abre caminos para nosotros, hoy, si es necesario, extenderá sus brazos en la cruz para envolvernos en el amor de Dios; de hecho, cada día, en cada celebración eucarística se actualiza su única obra salvadora en favor nuestro.

Esta ha sido una semana de epifanías, de signos; la pregunta es ¿cuándo seremos nosotros el signo del amor de Dios para nuestros hermanos? Pues el mismo Señor a quien decimos servir nos enseñó lo siguiente: “en esto conoceréis que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar. (Fragmento de la Carta a Diogneto).


Que el Señor nos conceda la gracia de ser signos de su amor, de su presencia, de su misericordia y consuelo para este mundo que tanto lo necesita y que así como el testimonio cristiano impresionó al autor de la Carta a Dioneto, de igual manera nosotros hoy sepamos ser el alma de este mundo.


Quedaos siempre con Dios!













martes, 7 de enero de 2014


Jesús, el signo del amor de Dios. Por Iván Muvdi.



Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,22–4,6):

Cuanto pedimos lo recibimos de Dios, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.
Palabra de Dios.

 Salmo Responsorial.

 R/. Te daré en herencia las naciones.

Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión, los confines de la tierra.» R/.

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad, los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando. R/.

 
Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,12-17.23-25):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

 «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Trasjordania. Palabra del Señor.

 
Reflexión:

 Entramos ya en la etapa final del tiempo litúrgico de la navidad.

Iniciamos la semana con la celebración de la Epifanía (manifestación de Dios) a los sabios de oriente, abriendo con ello una semana de “signos”.

Los sabios de oriente, es decir, que vienen del otro lado o extremo del mundo para rendir homenajes a Jesús, como Señor y Dios, es signo de la universalidad del mensaje y de la obra de Jesús.

Hoy, el Evangelio nos informa del hecho de que Jesús, habiendo conocido que Juan el Bautista había sido encarcelado, decidió irse de Nazaret de Galilea, a la ciudad de Cafarnaúm. Esto no es casualidad, este es el signo que nos ofrece la Escritura para hoy. Aquí vemos ya el cumplimiento de lo que hemos escuchado a lo largo de todo el tiempo de adviento y navidad; Jesús es el Mesías que viene de parte del Padre como plenitud de la Revelación; por eso su recorrido a lo largo del territorio de Israel; que como signo mesiánico, viene a sanar todo tipo de enfermedades y dolencias, en definitiva, la luz de Dios que viene a brillar en medio de las tinieblas del pecado, de la maldad y del error. Cafarnaúm era una ciudad muy cercana a los paganos. Por aquello de que las promesas de Dios originariamente se dirigieron al pueblo de Israel, Jesús sólo les predicó a ellos en primer lugar para que se cumplieran las Escrituras; pero ya con este gesto, da muestras de que su mensaje y acción es a favor de todos los hombres y no de unos cuantos. Esto se constatará de manera definitiva cuando Jesús, en medio de su ascensión a los cielos, envía a sus apóstoles a anunciar su mensaje al mundo entero.

Quisiera resaltar un aspecto significativo de este nuevo territorio en el que Jesús se establece: “es una ciudad donde se cruzan muchos caminos”. Por aquí tenían que pasar todas las caravanas de personas que se dirigían hacia el mar.

¿Cuántas veces no hemos recorrido caminos equivocados en busca de nuestra felicidad? ¿Cuántas personas no están convencidas de que su felicidad se hallará en la posesión de bienes materiales, o en el dominio de los otros, o en el poder bélico, económico o político? ¿Cuántos no creen que serán felices entregándose a los vicios, a la droga o al placer hedonista, egoísta y desenfrenado?

Allí, por amor, en la encrucijada de todos esos caminos de error y de tinieblas viene Jesús a nuestro encuentro, se ubica allí para proponerse Él mismo, como el único y verdadero camino capaz de conducirnos a la felicidad plena, como la auténtica verdad que nos ayudará a construir una felicidad eterna y no fugaz y artificial como la que te ofrecen esos otros caminos; por último, se nos presenta como la Vida misma capaz de vencer las fronteras de la enfermedad, el dolor y la muerte.

Es ente sentido en que les pido que entendamos el mensaje en el que tanto nos ha insistido el apóstol Juan a lo largo de todos estos días: la fe y el amor, la recta doctrina y la práctica del amor fraterno son las bases sobre las que se erige la vida cristiana y el fundamento de todas ellas es Cristo Jesús, nuestro Señor, la roca inconmovible.

Pero también, en un mundo donde se dicen todos los días cosas tan equivocadas, es importante seguir el consejo de San Juan evangelista:

Hay que hacer, bajo la unción del Espíritu Santo, discernimiento de espíritus y hay que vigilar contra los falsos profetas. Como les he dicho en varias ocasiones, desafortunadamente, hoy en día, más que nunca, el hecho de que alguien lleve un clériman en su cuello (si es que lo usan) no es garantía de que realmente nos transmite la fe verdadera anunciada por Cristo. Por ejemplo, estando yo presente, en una misa de Domingo de Ramos, con el templo a reventar; el sacerdote que presidía dijo que este Papa (Francisco) si era humilde y que por ende éste si iba a reconocer que el don de la infabilidad papal era un invento. Desconoció todos los fundamentos bíblicos teológicos por los cuales se constata la asistencia especial de Dios en el ministerio petrino como única garantía de que lo que hoy se nos enseña realmente es lo mismo que nos enseñó Cristo. Es imperativo conocer las Escrituras, el Catecismo de la Iglesia Católica y los documentos de la Iglesia para que con este conocimiento y con la guía del Espíritu Santo nada, ni nadie puedan deformar nuestra fe o nuestra conciencia.

 Que el Señor los bendiga y los guarde siempre.

 ¡QUEDAOS SIEMPRE CON DIOS!